Ahora Cath tiene que decidir si esta preparada para abrir su corazón a nueva gente y nuevas experiencias, y se está dando cuenta de que con el amor se aprende mucho más de lo que ella hubiera creído posible...

28 jun 2014

CUATRO.

Las ardillas del campus eran más que domésticas. Eran casi domésticamente abusivas. Si estabas comiendo algo, cualquier cosa, ellas venían y te picaban para que les dieras un poco.
- Toma – dijo Cath, mientras le tiraba un trozo de su barrita de fresa y soja a una ardilla roja que había al lado de sus pies. Le hizo una foto y se la envió a Abel. “Pequeña pero matona” escribió en el móvil.
Abel le había mandado fotos de su habitación (su suite) en el Festival de Tecnología, y de él con los cinco empollones, que miraban Big Bang Theory y compartían habitación con él. Cath intento imaginarse pidiéndole a Reagan que posara para una foto, y rio a carcajada suelta un rato. La ardilla se congeló, pero no escapó.
Los miércoles y los viernes, Cath siempre tenía cuarenta y cinco minutos entre biología y Escritura de Ficción. Y últimamente los pasaba aquí, sentada en una parte del césped con sombra, justo al lado del edificio de inglés. Nadie a quien tratar por aquí. Excepto las ardillas.
Ella miró sus mensajes, aunque su teléfono no había sonado.
Abel y ella en realidad no habían hablado des de que ella se fue para la universidad, hacía tres semanas, pero él sí que le había enviado mensajes de móvil. Y le mandaba correos electrónicos de vez en cuando. Él dijo que estaba bien, y que la competición en Misuri estaba siendo difícil. “Aquí todos fueron los más listos de su generación.” Cath se resistió a su necesidad de contestarle “Excepto tú, ¿verdad?”.
Sólo por qué Abel obtuvo una puntuación perfecta en la parte de matemáticas de la selectividad no significaba que fuera el chico más listo en su clase. Era un desastre en historia de América, e iba muy justo en Español. ¡En Español, por el amor de Dios!
Él ya le había dicho a Cath que no volvería a Omaha hasta Navidad, y ella no intentó convencerle de que volviera antes. En realidad, aún no le echaba de menos. Wren diría que eso era porque ella y Abel no eran novios realmente. Era una de sus conversaciones más recurrentes:
- Es un novio perfecto – diría Cath
- Es un fin de mesa… – Contestaría Wren.
- Y siempre ha estado ahí.
- …perfecto para poner las revistas.
- ¿Preferirías que saliera con alguien como Jesse? ¿Para que ambos pudiéramos estar todo el fin de semana llorando?
- Preferiría que salieras con alguien que de verdad te gustara besar.
- He besado a Abel.
- Oh, Cath, para. Harás que mi cerebro vomite.
- Hemos estado saliendo durante 3 años. Es mi novio.
- Tienes sentimientos más fuertes por Baz y Simon.
- Es que, ¡son Baz y Simon! Es incluso razonable. Me gusta Abel, es estable.
- Sigues describiendo un fin de mesa.
Wren había empezado a salir con chicos en octavo (dos años antes de que Cath empezara a pensar en chicos). Y hasta Jesse Sandoz, Wren nunca había estado con el mismo chico por más de unas semanas. Estuvo saliendo con Jesse durante mucho tiempo, porque ella nunca estaba segura de que él se sintiera realmente atraído por ella. O, por lo menos, esa era la teoría de Cath.
Wren acostumbraba a perder el interés por un chico cuando ella les ganaba. La conversión era su parte favorita.
- Ese momento – le dijo a Cath – cuando te das cuenta que un chico te mira de diferente manera, que ocupas más espacio en su campo de visión. Ese momento cuando te das cuenta de que él no puede simplemente dejarte ir.
A Cath le gustó tanto esa última línea, que la puso en labios de Baz unas semanas más tarde. Wren se enfadó al leerla. De todos modos, Jesse nunca se convirtió. Él nunca tuvo ojos sólo para Wren, ni siquiera cuando hicieron e amor el otoño pasado. Se salió del juego de Wren.
Cath se alegró cuando Jesse ganó esa beca para irse a jugar a fútbol en el estado de Iowa. Él no tenía suficiente capacidad de atención como para llevar una relación a distancia, y había por lo menos diez centenares de primerizos en la universidad de Nebraska a los que Wren podía convertir.
Cath arrojó otro trozo de barrita energética a la ardilla, pero un par de mocasines pasaron un poco demasiado cerca de ellos, y la ardilla cogió el trozo de barrita y se fue corriendo. Malditas ardillas gordas, pensó Cath, no dejan comida a su paso.
Los mocasines se acercaron un paso más hacia ella,  después pararon. Cath miró hacia arriba. Había un chico parado justo delante de ella. Des de donde ella estaba sentada, y des de donde él estaba parado, con el sol detrás de su cabeza, parecía que midiera 2 metros y medio. Cath cubrió el sol con su mano para verle mejor, pero no logró reconocerle.
- Cath – dijo – ¿verdad?
Reconoció su voz; era el chico de pelo negro que se sentaba frente a ella en Escritura de Ficción, Nick.
- Verdad – dijo ella.
- ¿Acabaste el trabajo escrito?
La profesora Piper les había pedido que escribieran un texto de 100 palabras des de la perspectiva de un objeto inanimado. Cath asintió. Seguía tapándose el sol con la mano, y mirándole.
- Oh, perdona – dijo Nick, sentándose en el césped a su lado. Dejó su mochila entre sus rodillas. – Así que, ¿sobre qué escribiste?
- Sobre un armario – dijo ella – ¿tú?
- Un bolígrafo punta-fina – sonrió – Creo que todo el mundo lo hará sobre un boli.
- Yo no lo creo – dijo ella – un boli es una idea terrible.
Nick se rio, y Cath bajó la mirada al césped.
- Así que – preguntó él – ¿crees que nos lo hará leer en voz alta? – la cabeza de Cath se levantó rápidamente.
- No. ¿Por qué nos haría leer en voz alta?
- Siempre lo hacen – dijo él, como si fuera algo que Cath ya debería saber. No estaba acostumbrada a ver a Nick de cara; su cara era infantil, tenía sus ojos azules muy entornados y brillantes, y unas cejas negras que casi se convertían en una. Parecía de los que se hubieran comprado un billete de tercera clase en el Titanic. Alguien que haría cola para entrar en el Museo de Deportación, en Ellis Island. Parecía una persona indefinida, como los viejos que paran a revisar las obras. Y, bueno, era mono.
- Pero no hay tanto tiempo, no podríamos leer todos. – dijo ella.
- Probablemente nos dividiremos en grupos – dijo otra vez como si ella tuviera que saber esto.
- Digamos que soy bastante nueva, por aquí.
- ¿Eres de primer año? – Ella asintió y puso sus ojos en blanco.
- Pero, ¿cómo ha podido entrar alguien de primer año a la clase de tercer nivel de la profesora Piper?
- Lo pedí. – Nick levantó sus peludas cejas, e hizo algo parecido a un puchero con su lbio inferior.
- ¿De veras crees que un boli es una idea terrible?
- No estoy segura de qué esperas que diga ahora – contestó Cath.



- ¿Tienes un desorden alimenticio? – preguntó Reagan. Cath estaba sentada en su cama, estudiando.
Reagan estaba apoyada en la puerta del armario, dando saltitos, mientras intentaba ponerse una bota negra de tacones altos. Probablemente estaba a punto de ir a trabajar, Reagan siempre estaba a punto de ir a algún sitio. Ella utilizaba su habitación como un sitio de paso, un sitio donde paraba entre la clase y la biblioteca; entre su trabajo en la Unión de Estudiantes, y su trabajo en el Jardín de Olivas. Un sitio donde cambiarse de ropa, guardar los libros, y recoger a Levi.
A veces también había otros chicos. En el último mes, habían estado Nathan y Kyle. Pero ninguno de los dos parecía ser parte del sistema solar de Reagan, así como Levi si lo era.
Cosa que hacía que Levi también formara parte del sistema solar de Cath. Él la había visto en el campus, y caminado con ella durante todo el camino de Oldfather Hall, hablando sobre unos guantes de boxeo que había visto en la Unión de Estudiantes.
- Hechos a mano. En Ecuador. ¿Alguna vez has visto una alpaca, Cather? Son como las llamas más adorables del mundo. Quiero decir, imagínate la llama más mona del mundo, y ahora, hazla aún más mona. Y su lana, no es realmente lana. Es como fibra, y mucha gente le tiene alergia.
Reagan ahora miraba a Cath, con el ceño fruncido. Llevaba unos tejanos negros ajustados, y una camiseta negra. Quizás iba a una fiesta, y no al trabajo.
- Tu basura está llena de envoltorios de barrita energética. – dijo Reagan.
- ¿Has mirado en mi basura? – Cath notó una ola de ira pasar por todo su cuerpo.
- Levi quería tirar su chicle… ¿Y? ¿Tienes un desorden alimenticio?
- No – dijo Cath, bastante segura que hubiera dicho lo mismo su tuviera un desorden alimenticio.
- Entonces, ¿por qué no comes comida normal?
- La como. – Cath cerró sus puños. Su piel estaba muy estirada. – Sólo que aquí no.
- ¿Eres una de esas tiquismiquis con la comida?
- No. Yo… – Cath miró al techo, decidiendo que esta era una de esas veces en las que decir la verdad es mejor que mentir – Yo no sé dónde está el comedor.
- Has estado viviendo aquí por un mes, más o menos.
- Lo sé.
- ¿Y no has encontrado el comedor?
- En realidad, no lo he buscado.
- ¿Por qué no le has preguntado a alguien? Podrías haberme preguntado dónde estaba. – Cath puso los ojos en blanco, y miró a Reagan.
- ¿En serio quieres que te haga preguntas estúpidas?
- Si son sobre comida, agua, aire o resguardo, sí. ¡Dios, Cath, soy tu compañera de habitación!
- Vale – dijo Cath volviendo a concentrarse en su libro – apuntado.
- Así que, ¿quieres que te diga dónde está el comedor?
- No, estoy bien.
- No puedes basar tu dieta en barritas energéticas. Te estás quedando sin.
- No me estoy quedando sin…
- Puede que Levi haya comido unas cuantas. – Reagan suspiró.
- ¿Has permitido a tu novio robarme las barritas energéticas? – Cath se estiró para comprobar cuántas barritas le quedaban. Todas las cajas estaban abiertas.
- Dijo que te estaba haciendo un favor – dijo Reagan – Obligándote a ir a comer normal. Y él no es mi novio, exactamente.
- Esto es una violación – dijo Cath enfadada, olvidando por un momento que Reagan era la persona más intimidante que ella había conocido jamás.
- Ponte los zapatos – dijo Reagan – Te voy a enseñar dónde está el comedor.
- No. – Cath ya podía sentir la ansiedad empezando a romperse dentro de su estómago en pequeñas piezas de nerviosismo. – No es sólo eso… No me gustan los sitios nuevos. Las situaciones nuevas. Ahí estarán toda esa gente, y yo no sé dónde sentarme. No quiero ir.
Reagan se sentó a los pies de su propia cama, cruzando sus brazos.
- ¿Has ido a clase?
- Por supuesto.
- ¿Cómo?
- Las clases son diferentes – dijo Cath – Hay algo en lo que centrarse. Sigue siendo malo, pero es tolerable.
- ¿Te drogas?
- No.
- Quizás deberías... – Cath apretó sus puños contra la cama.
- Esto no es de tu incumbencia. ¡Ni siquiera me conoces!
- Esto – dijo Reagan – Esta es la razón por la que no quería un compañero de habitación de primer año.
- Es que, ¿por qué te importa, si quiera? ¿Te estoy molestando?
- Vamos a cenar, ahora mismo.
- No. No iremos.
- Coge tu Documento de Identidad de Estudiante.
- No iré a comer contigo. Ni siquiera te gusto.
- Me gustas lo suficiente – dijo Reagan.
- Esto es ridículo.
- ¡Madre de Dios, ¿no tienes hambre?!
Cath estaba apretando los puños tan fuerte que sus nudillos estaban empezando a ser de color blanco.
Pensó en los filetes de pollo arrebozado. Y las patatas escalibadas. Y la tarta de queso y arándanos. Y se preguntó si el comedor de Pound Hall tenía una máquina de helados como la de Selleck.
Y pensó sobre ganar. Sobre cómo estaba dejando que esto la ganara, fuera lo que fuera esto, la locura dentro de ella. Cath, cero. Locura, un millón.
Se estiró hacia delante, apretando el nudo en su estómago. Y después se levantó, con tanta dignidad como pudo recoger, y se puso sus Vans.
- He estado comiendo comida de verdad… – murmuró – Suelo ir a comer en Selleck con mi hermana. – Reagan abrió la puerta.
- Entonces, ¿por qué no cenabas aquí?
- Porque esperé demasiado. Hice una montaña de un grano de arena. Es difícil de explicar…
- En serio, ¿por qué no tomas drogas? – Cath salió de la habitación
- ¿Eres una psiquiatra licenciada, o haces como que eres una de la tele?
- Yo tomo drogas – dijo Reagan – Son maravillosas.



No hubo ningún momento vergonzoso en el comedor, no se quedaron de pie en la puerta, con su bandeja, decidiendo cuál era el mejor sitio para sentarse y pasar desapercibidas.
Reagan se sentó en la primera mesa medio vacía que encontró. Ni siquiera saludó a las personas que se sentaban en el otro extremo de la mesa.
- ¿No llegarás tarde al trabajo? – preguntó Cath.
- Voy a salir. Pero iba a cenar aquí de todos modos. Pagamos por esta comida, así que debemos, por lo menos, comerla.
La bandeja de Cath tenía un plato de macarrones gratinados y dos boles de coles de Bruselas. Estaba famélica. Reagan cogió una gran cucharada de ensalada de pasta. Su largo pelo le caía sobre sus hombros. Tenía una docena de tonos rojizos y dorados, y ninguno parecía natural.
- ¿En serio crees que no me gustas? – preguntó con la boca llena de comida. Cath tragó. Ella y Reagan nunca habían mantenido una conversación hasta hoy, por lo menos no una normal.
- Um… Tengo la sensación de que no quieres una compañera de habitación.
- Es que no quiero una compañera de habitación – Reagan frunció el ceño. Fruncía el ceño tanto como Levi sonreía. – Pero eso no tiene nada que ver contigo.
- Entonces, ¿por qué estás en las residencias de estudiantes? No eres de primer año, ¿no? No sabía que los de último curso vivieran en el campus.
- Yo tampoco lo sabía – dijo Reagan – Es parte de mi escolarización. En teoría tenía que tener mi propia habitación este año, estaba en la lista. Pero todas las residencias para estudiantes de último año estaban llenas.
- Lo siento. – dijo Cath.
- No es tu culpa.
- Yo tampoco quería una compañera de habitación – dijo Cath – Quiero decir… Yo pensaba que iba a vivir con mi hermana.
- ¿Tienes una hermana que viene aquí?
- Gemela.
- Puaj. Raro.
- ¿Por qué es raro? – preguntó Cath.
- Sólo, lo es. Es horripilante. Es como tener un doble. ¿Sois idénticas?
- Técnicamente, sí.
- Puaj. – Reagan se estremeció melodramáticamente.
- No es horripilante – dijo Cath – ¿Qué tienes en contra? – Reagan hizo una mueca y se estremeció otra vez.
- Y, ¿por qué no vives con tu hermana?
- Quería conocer gente nueva – dijo Cath.
- Parece como si hubiera roto contigo. – Cath clavó el tenedor en otra col de Bruselas.
- Vive en Schramm – le dijo a su bandeja. Cuando miró arriba, Reagan la estaba mirando con el ceño fruncido.
- Me estás haciendo sentir mal por ti otra vez – dijo Reagan.
- No te sientas mal por mí. N quiero que te sientas mal por mí. – dijo Cath, apuntando a Reagan con el tenedor.
- No puedo evitarlo – dijo Reagan – Eres realmente patética.
- No lo soy.
- Lo eres. No tienes amigos, tu hermana te abandonó, eres una tiquismiquis con la comida… Y tienes algo raro con Simon Snow.
- Me opongo a absolutamente todo lo que acabas de decir. – Reagan masticó. Y frunció el ceño. Llevaba pintalabios rojo oscuro.
- Tengo muchos amigos – dijo Cath.
- Yo nunca los veo.
- Acabo de llegar. La mayoría de mis amigos fueron a otras universidades. O son amigos de Internet.
- Los amigos de Internet no cuentan.
- ¿Por qué no?
Reagan se encogió de hombros desdeñosamente.
- Y no tengo nada raro con Simon Snow – dijo Cath – Sólo soy muy activa en el fandom.
- ¿Qué coño es un fandom?
- No lo entenderías – suspiró Cath, deseando no haber usado esa palabra, sabiendo que si intentaba explicarla, sólo empeoraría las cosas. Reagan no creería, o no entendería, que Cath no era sólo una fan de Simon Snow. Ella era una de las Fans de Simon Snow. Una fan con sólo un nombre, con fans de ella misma.
Si le decía a Reagan que su novela de Simon normalmente tenía 20 centenares de votos… Reagan se reiría de ella.
Además, decir eso en voz alta haría que Cath se sintiera como una completa idiota.
- Tienes la cabeza de Simon Snow en tu escritorio – dijo Reagan.
- Son figuritas conmemorativas.
- Lo siento por ti, y seré tu amiga.
- No quiero ser tu amiga – Cath dijo tan severamente como pudo – Me gusta que no seamos amigas.

- A mí también me gusta – dijo Reagan – Me sabe mal que lo hayas arruinado todo siendo tan patética.