Las ardillas del campus eran más que domésticas. Eran
casi domésticamente abusivas. Si estabas comiendo algo, cualquier cosa, ellas
venían y te picaban para que les dieras un poco.
- Toma – dijo Cath, mientras le tiraba un trozo de su
barrita de fresa y soja a una ardilla roja que había al lado de sus pies. Le
hizo una foto y se la envió a Abel. “Pequeña
pero matona” escribió en el móvil.
Abel le había mandado fotos de su habitación (su suite)
en el Festival de Tecnología, y de él con los cinco empollones, que miraban Big Bang Theory y compartían habitación
con él. Cath intento imaginarse pidiéndole a Reagan que posara para una foto, y
rio a carcajada suelta un rato. La ardilla se congeló, pero no escapó.
Los miércoles y los viernes, Cath siempre tenía cuarenta
y cinco minutos entre biología y Escritura de Ficción. Y últimamente los pasaba
aquí, sentada en una parte del césped con sombra, justo al lado del edificio de
inglés. Nadie a quien tratar por aquí. Excepto las ardillas.
Ella miró sus mensajes, aunque su teléfono no había
sonado.
Abel y ella en realidad no habían hablado des de que ella
se fue para la universidad, hacía tres semanas, pero él sí que le había enviado
mensajes de móvil. Y le mandaba correos electrónicos de vez en cuando. Él dijo
que estaba bien, y que la competición en Misuri estaba siendo difícil. “Aquí todos fueron los más listos de su
generación.” Cath se resistió a su necesidad de contestarle “Excepto tú, ¿verdad?”.
Sólo por qué Abel obtuvo una puntuación perfecta en la
parte de matemáticas de la selectividad no significaba que fuera el chico más
listo en su clase. Era un desastre en historia de América, e iba muy justo en
Español. ¡En Español, por el amor de Dios!
Él ya le había dicho a Cath que no volvería a Omaha hasta
Navidad, y ella no intentó convencerle de que volviera antes. En realidad, aún
no le echaba de menos. Wren diría que eso era porque ella y Abel no eran novios
realmente. Era una de sus conversaciones más recurrentes:
- Es un novio perfecto – diría Cath
- Es un fin de mesa… – Contestaría Wren.
- Y siempre ha estado ahí.
- …perfecto para poner las revistas.
- ¿Preferirías que saliera con alguien como Jesse? ¿Para
que ambos pudiéramos estar todo el fin de semana llorando?
- Preferiría que salieras con alguien que de verdad te
gustara besar.
- He besado a Abel.
- Oh, Cath, para. Harás que mi cerebro vomite.
- Hemos estado saliendo durante 3 años. Es mi novio.
- Tienes sentimientos más fuertes por Baz y Simon.
- Es que, ¡son Baz y Simon! Es incluso razonable. Me
gusta Abel, es estable.
- Sigues describiendo un fin de mesa.
Wren había empezado a salir con chicos en octavo (dos
años antes de que Cath empezara a pensar en chicos). Y hasta Jesse Sandoz, Wren
nunca había estado con el mismo chico por más de unas semanas. Estuvo saliendo
con Jesse durante mucho tiempo, porque ella nunca estaba segura de que él se
sintiera realmente atraído por ella. O, por lo menos, esa era la teoría de
Cath.
Wren acostumbraba a perder el interés por un chico cuando
ella les ganaba. La conversión era su
parte favorita.
- Ese momento – le dijo a Cath – cuando te das cuenta que
un chico te mira de diferente manera, que ocupas más espacio en su campo de
visión. Ese momento cuando te das cuenta de que él no puede simplemente dejarte
ir.
A Cath le gustó tanto esa última línea, que la puso en
labios de Baz unas semanas más tarde. Wren se enfadó al leerla. De todos modos,
Jesse nunca se convirtió. Él nunca tuvo ojos sólo para Wren, ni siquiera cuando
hicieron e amor el otoño pasado. Se salió del juego de Wren.
Cath se alegró cuando Jesse ganó esa beca para irse a
jugar a fútbol en el estado de Iowa. Él no tenía suficiente capacidad de
atención como para llevar una relación a distancia, y había por lo menos diez
centenares de primerizos en la universidad de Nebraska a los que Wren podía
convertir.
Cath arrojó otro trozo de barrita energética a la
ardilla, pero un par de mocasines pasaron un poco demasiado cerca de ellos, y
la ardilla cogió el trozo de barrita y se fue corriendo. Malditas ardillas gordas, pensó Cath, no dejan comida a su paso.
Los mocasines se acercaron un paso más hacia ella, después pararon. Cath miró hacia arriba.
Había un chico parado justo delante de ella. Des de donde ella estaba sentada,
y des de donde él estaba parado, con el sol detrás de su cabeza, parecía que
midiera 2 metros y medio. Cath cubrió el sol con su mano para verle mejor, pero
no logró reconocerle.
- Cath – dijo – ¿verdad?
Reconoció su voz; era el chico de pelo negro que se
sentaba frente a ella en Escritura de Ficción, Nick.
- Verdad – dijo ella.
- ¿Acabaste el trabajo escrito?
La profesora Piper les había pedido que escribieran un
texto de 100 palabras des de la perspectiva de un objeto inanimado. Cath
asintió. Seguía tapándose el sol con la mano, y mirándole.
- Oh, perdona – dijo Nick, sentándose en el césped a su
lado. Dejó su mochila entre sus rodillas. – Así que, ¿sobre qué escribiste?
- Sobre un armario – dijo ella – ¿tú?
- Un bolígrafo punta-fina – sonrió – Creo que todo el
mundo lo hará sobre un boli.
- Yo no lo creo – dijo ella – un boli es una idea
terrible.
Nick se rio, y Cath bajó la mirada al césped.
- Así que – preguntó él – ¿crees que nos lo hará leer en
voz alta? – la cabeza de Cath se levantó rápidamente.
- No. ¿Por qué nos haría leer en voz alta?
- Siempre lo hacen – dijo él, como si fuera algo que Cath
ya debería saber. No estaba acostumbrada a ver a Nick de cara; su cara era
infantil, tenía sus ojos azules muy entornados y brillantes, y unas cejas
negras que casi se convertían en una. Parecía de los que se hubieran comprado
un billete de tercera clase en el Titanic. Alguien que haría cola para entrar
en el Museo de Deportación, en Ellis Island. Parecía una persona indefinida,
como los viejos que paran a revisar las obras. Y, bueno, era mono.
- Pero no hay tanto tiempo, no podríamos leer todos. –
dijo ella.
- Probablemente nos dividiremos en grupos – dijo otra vez
como si ella tuviera que saber esto.
- Digamos que soy bastante nueva, por aquí.
- ¿Eres de primer año? – Ella asintió y puso sus ojos en
blanco.
- Pero, ¿cómo ha podido entrar alguien de primer año a la
clase de tercer nivel de la profesora Piper?
- Lo pedí. – Nick levantó sus peludas cejas, e hizo algo
parecido a un puchero con su lbio inferior.
- ¿De veras crees que un boli es una idea terrible?
- No estoy segura de qué esperas que diga ahora –
contestó Cath.
- ¿Tienes un desorden alimenticio? – preguntó Reagan.
Cath estaba sentada en su cama, estudiando.
Reagan estaba apoyada en la puerta del armario, dando
saltitos, mientras intentaba ponerse una bota negra de tacones altos.
Probablemente estaba a punto de ir a trabajar, Reagan siempre estaba a punto de
ir a algún sitio. Ella utilizaba su habitación como un sitio de paso, un sitio
donde paraba entre la clase y la biblioteca; entre su trabajo en la Unión de
Estudiantes, y su trabajo en el Jardín de Olivas. Un sitio donde cambiarse de
ropa, guardar los libros, y recoger a Levi.
A veces también había otros chicos. En el último mes,
habían estado Nathan y Kyle. Pero ninguno de los dos parecía ser parte del
sistema solar de Reagan, así como Levi si lo era.
Cosa que hacía que Levi también formara parte del sistema
solar de Cath. Él la había visto en el campus, y caminado con ella durante todo
el camino de Oldfather Hall, hablando sobre unos guantes de boxeo que había
visto en la Unión de Estudiantes.
- Hechos a mano. En Ecuador. ¿Alguna vez has visto una
alpaca, Cather? Son como las llamas más adorables del mundo. Quiero decir,
imagínate la llama más mona del mundo, y ahora, hazla aún más mona. Y su lana,
no es realmente lana. Es como fibra, y mucha gente le tiene alergia.
Reagan ahora miraba a Cath, con el ceño fruncido. Llevaba
unos tejanos negros ajustados, y una camiseta negra. Quizás iba a una fiesta, y
no al trabajo.
- Tu basura está llena de envoltorios de barrita energética.
– dijo Reagan.
- ¿Has mirado en mi basura? – Cath notó una ola de ira
pasar por todo su cuerpo.
- Levi quería tirar su chicle… ¿Y? ¿Tienes un desorden
alimenticio?
- No – dijo Cath, bastante segura que hubiera dicho lo
mismo su tuviera un desorden alimenticio.
- Entonces, ¿por qué no comes comida normal?
- La como. – Cath cerró sus puños. Su piel estaba muy
estirada. – Sólo que aquí no.
- ¿Eres una de esas tiquismiquis con la comida?
- No. Yo… – Cath miró al techo, decidiendo que esta era
una de esas veces en las que decir la verdad es mejor que mentir – Yo no sé
dónde está el comedor.
- Has estado viviendo aquí por un mes, más o menos.
- Lo sé.
- ¿Y no has encontrado el comedor?
- En realidad, no lo he buscado.
- ¿Por qué no le has preguntado a alguien? Podrías
haberme preguntado dónde estaba. – Cath puso los ojos en blanco, y miró a
Reagan.
- ¿En serio quieres que te haga preguntas estúpidas?
- Si son sobre comida, agua, aire o resguardo, sí. ¡Dios,
Cath, soy tu compañera de habitación!
- Vale – dijo Cath volviendo a concentrarse en su libro –
apuntado.
- Así que, ¿quieres que te diga dónde está el comedor?
- No, estoy bien.
- No puedes basar tu dieta en barritas energéticas. Te
estás quedando sin.
- No me estoy quedando sin…
- Puede que Levi haya comido unas cuantas. – Reagan
suspiró.
- ¿Has permitido a tu novio robarme las barritas
energéticas? – Cath se estiró para comprobar cuántas barritas le quedaban.
Todas las cajas estaban abiertas.
- Dijo que te estaba haciendo un favor – dijo Reagan – Obligándote
a ir a comer normal. Y él no es mi novio, exactamente.
- Esto es una violación – dijo Cath enfadada, olvidando
por un momento que Reagan era la persona más intimidante que ella había
conocido jamás.
- Ponte los zapatos – dijo Reagan – Te voy a enseñar
dónde está el comedor.
- No. – Cath ya podía sentir la ansiedad empezando a
romperse dentro de su estómago en pequeñas piezas de nerviosismo. – No es sólo
eso… No me gustan los sitios nuevos. Las situaciones nuevas. Ahí estarán toda
esa gente, y yo no sé dónde sentarme. No quiero ir.
Reagan se sentó a los pies de su propia cama, cruzando
sus brazos.
- ¿Has ido a clase?
- Por supuesto.
- ¿Cómo?
- Las clases son diferentes – dijo Cath – Hay algo en lo
que centrarse. Sigue siendo malo, pero es tolerable.
- ¿Te drogas?
- No.
- Quizás deberías... – Cath apretó sus puños contra la
cama.
- Esto no es de tu incumbencia. ¡Ni siquiera me conoces!
- Esto – dijo Reagan – Esta es la razón por la que no
quería un compañero de habitación de primer año.
- Es que, ¿por qué te importa, si quiera? ¿Te estoy
molestando?
- Vamos a cenar, ahora mismo.
- No. No iremos.
- Coge tu Documento de Identidad de Estudiante.
- No iré a comer contigo. Ni siquiera te gusto.
- Me gustas lo suficiente – dijo Reagan.
- Esto es ridículo.
- ¡Madre de Dios, ¿no tienes hambre?!
Cath estaba apretando los puños tan fuerte que sus
nudillos estaban empezando a ser de color blanco.
Pensó en los filetes de pollo arrebozado. Y las patatas
escalibadas. Y la tarta de queso y arándanos. Y se preguntó si el comedor de
Pound Hall tenía una máquina de helados como la de Selleck.
Y pensó sobre ganar. Sobre cómo estaba dejando que esto
la ganara, fuera lo que fuera esto, la locura dentro de ella. Cath, cero.
Locura, un millón.
Se estiró hacia delante, apretando el nudo en su
estómago. Y después se levantó, con tanta dignidad como pudo recoger, y se puso
sus Vans.
- He estado comiendo comida de verdad… – murmuró – Suelo
ir a comer en Selleck con mi hermana. – Reagan abrió la puerta.
- Entonces, ¿por qué no cenabas aquí?
- Porque esperé demasiado. Hice una montaña de un grano
de arena. Es difícil de explicar…
- En serio, ¿por qué no tomas drogas? – Cath salió de la
habitación
- ¿Eres una psiquiatra licenciada, o haces como que eres
una de la tele?
- Yo tomo drogas – dijo Reagan – Son maravillosas.
No hubo ningún momento vergonzoso en el comedor, no se
quedaron de pie en la puerta, con su bandeja, decidiendo cuál era el mejor
sitio para sentarse y pasar desapercibidas.
Reagan se sentó en la primera mesa medio vacía que
encontró. Ni siquiera saludó a las personas que se sentaban en el otro extremo
de la mesa.
- ¿No llegarás tarde al trabajo? – preguntó Cath.
- Voy a salir. Pero iba a cenar aquí de todos modos.
Pagamos por esta comida, así que debemos, por lo menos, comerla.
La bandeja de Cath tenía un plato de macarrones
gratinados y dos boles de coles de Bruselas. Estaba famélica. Reagan cogió una
gran cucharada de ensalada de pasta. Su largo pelo le caía sobre sus hombros.
Tenía una docena de tonos rojizos y dorados, y ninguno parecía natural.
- ¿En serio crees que no me gustas? – preguntó con la
boca llena de comida. Cath tragó. Ella y Reagan nunca habían mantenido una
conversación hasta hoy, por lo menos no una normal.
- Um… Tengo la sensación de que no quieres una compañera
de habitación.
- Es que no quiero una compañera de habitación – Reagan
frunció el ceño. Fruncía el ceño tanto como Levi sonreía. – Pero eso no tiene
nada que ver contigo.
- Entonces, ¿por qué estás en las residencias de
estudiantes? No eres de primer año, ¿no? No sabía que los de último curso
vivieran en el campus.
- Yo tampoco lo sabía – dijo Reagan – Es parte de mi
escolarización. En teoría tenía que tener mi propia habitación este año, estaba
en la lista. Pero todas las residencias para estudiantes de último año estaban
llenas.
- Lo siento. – dijo Cath.
- No es tu culpa.
- Yo tampoco quería una compañera de habitación – dijo
Cath – Quiero decir… Yo pensaba que iba a vivir con mi hermana.
- ¿Tienes una hermana que viene aquí?
- Gemela.
- Puaj. Raro.
- ¿Por qué es raro? – preguntó Cath.
- Sólo, lo es. Es horripilante. Es como tener un doble.
¿Sois idénticas?
- Técnicamente, sí.
- Puaj. – Reagan se estremeció melodramáticamente.
- No es horripilante – dijo Cath – ¿Qué tienes en contra?
– Reagan hizo una mueca y se estremeció otra vez.
- Y, ¿por qué no vives con tu hermana?
- Quería conocer gente nueva – dijo Cath.
- Parece como si hubiera roto contigo. – Cath clavó el
tenedor en otra col de Bruselas.
- Vive en Schramm – le dijo a su bandeja. Cuando miró
arriba, Reagan la estaba mirando con el ceño fruncido.
- Me estás haciendo sentir mal por ti otra vez – dijo
Reagan.
- No te sientas mal por mí. N quiero que te sientas mal
por mí. – dijo Cath, apuntando a Reagan con el tenedor.
- No puedo evitarlo – dijo Reagan – Eres realmente
patética.
- No lo soy.
- Lo eres. No tienes amigos, tu hermana te abandonó, eres
una tiquismiquis con la comida… Y tienes algo raro con Simon Snow.
- Me opongo a absolutamente todo lo que acabas de decir.
– Reagan masticó. Y frunció el ceño. Llevaba pintalabios rojo oscuro.
- Tengo muchos amigos – dijo Cath.
- Yo nunca los veo.
- Acabo de llegar. La mayoría de mis amigos fueron a
otras universidades. O son amigos de Internet.
- Los amigos de Internet no cuentan.
- ¿Por qué no?
Reagan se encogió de hombros desdeñosamente.
- Y no tengo nada raro con Simon Snow – dijo Cath – Sólo
soy muy activa en el fandom.
- ¿Qué coño es un fandom?
- No lo entenderías – suspiró Cath, deseando no haber
usado esa palabra, sabiendo que si intentaba explicarla, sólo empeoraría las
cosas. Reagan no creería, o no entendería, que Cath no era sólo una fan de
Simon Snow. Ella era una de las Fans de Simon Snow. Una fan con sólo un nombre,
con fans de ella misma.
Si le decía a Reagan que su novela de Simon normalmente
tenía 20 centenares de votos… Reagan se reiría de ella.
Además, decir eso en voz alta haría que Cath se sintiera
como una completa idiota.
- Tienes la cabeza de Simon Snow en tu escritorio – dijo
Reagan.
- Son figuritas conmemorativas.
- Lo siento por ti, y seré tu amiga.
- No quiero ser tu amiga – Cath dijo tan severamente como
pudo – Me gusta que no seamos amigas.
- A mí también me gusta – dijo Reagan – Me sabe mal que
lo hayas arruinado todo siendo tan patética.