Ahora Cath tiene que decidir si esta preparada para abrir su corazón a nueva gente y nuevas experiencias, y se está dando cuenta de que con el amor se aprende mucho más de lo que ella hubiera creído posible...

23 ago 2014

NUEVE.

      Cath tenía una hora o así libre antes de  irse a Omaha, y no le apetecía quedarse en la habitación. Hacía el típico día perfecto de Noviembre. Frío y húmedo, pero que no te congelabas, no helaba. Sólo lo suficientemente fríos como para justificar que llevase sus prendas favoritas, chaquetas, tejanos largos, y unos calentadores en los tobillos.
Ella se planteó ir a la biblioteca Union a estudiar, pero prefirió dar una vuelta por el pueblo de Lincoln. Cath casi nunca salía del campus; no había demasiadas razones para hacerlo. Salir del campus era como cruzar la frontera. ¿Qué haría si perdía su mochila, o si se perdía ella? Tendría que llamar al embajador…
Lincoln parecía mucho más un pueblo que Omaha. Había cines y pequeñas tiendas repartidas por el pueblo. Cath pasó por delante de un restaurante Tailandés, y por delante del famoso Chipotle. Se paró a cotillear en una tienda de regalos, y olió todos aceites aromáticos. Había un Starbucks cruzando la acera. Se preguntó si era el de Levi, y, un minuto después, cruzaba la calle.
Por dentro era exactamente igual que el resto de Starbucks en los que ella había estado. Quizás con algunos consejos profesionales más. Y con Levi moviéndose por detrás de la barra, sonriendo por algo que alguien estaba diciendo en su cabeza.
Levi llevaba una camisa negra sobre una camiseta blanca. Parecía como si acabara de cortarse el pelo, más corto por atrás, pero aún en punta y cubriendo su frente. Gritó fuerte el nombre de alguien, y le tendió la bebida a un señor que parecía un profesor de violín retirado. Levi se paró a hablar con el señor. Porque era Levi, y era una necesidad biológica para él.
- ¿Estás en la cola? – le preguntó una señora a Cath.
- No, pase. – Pero después Cath decidió que quizás ella también debería ponerse en la cola. No es que hubiera venido a observar a Levi en la selva. No sabía qué estaba haciendo aquí.
- ¿Puedo ayudarte? – preguntó el chico de la caja registradora.
- No, no puedes – dijo Levi, empujando al chico a la otra caja. – Yo me encargo de ella – Él sonrió en la dirección de ella – Cather.
- Hola – dijo Cath, poniendo los ojos en blanco. Ella pensaba que él no la había visto.
- Mírate. Toda abrigada. ¿Qué es eso, jerséis de piernas?
- Son calentadores de piernas.
- Llevas por lo menos cuatro tipos diferentes de abrigos.
- Esto es una bufanda.
- Te ves acalorada y sudada.
- Vale, lo pillo – dijo ella.
- ¿Has venido solo a decir hola?
- No – dijo ella. Él frunció el ceño. Ella puso los ojos en blanco, otra vez – He venido para beber café.
- ¿Qué café quieres?
- Café solo, grande.
- Hace frío fuera. Déjame traerte algo bueno.
Cath se encogió de hombros. Levi cogió una taza y empezó a ponerle sirope por dentro. Ella se esperó en la parte de pedidos, al lado de la máquina.
- ¿Qué haces esta noche? – preguntó él – Deberías venir con nosotros. Creo que vamos a hacer una fogata. Reagan viene.
- Me voy a casa – dijo ella – a Omaha.
- ¿Sí? – Levi la miró sonriente. La máquina hizo un ruido irritante. – Tus pares deben estar felices de eso.
Cath volvió a encogerse de hombros. Levi cubrió el café con una capa de crema batida. Sus manos eran largas, y más delgadas que el resto de él, un poco huesudas, con unas uñas cortas y cuadradas.
- Que tengas un buen fin de semana – dijo él, dándole la bebida.
- No he pagado todavía. – dijo ella. Levi levantó sus manos.
- Por favor, me insultas.
- ¿Qué es esto? – ella tumbó ligeramente el vaso para ver lo que había dentro.
- Mi propia creación, Pumpkin Mocha Breve, con poco Mocha. No intentes pedírselo a nadie más, nunca estaría tan bueno.
- Gracias – dijo Cath. Él sonrió otra vez. Ella tomó un paso hacia atrás, hacia la puerta – Adiós – dijo ella. Levi se movió para atender a la siguiente persona, sonriendo tan ampliamente como siempre.



La que llevó a Cath a Omaha era una chica llamada Erin, que había puesto una nota en el baño diciendo que bajaba este fin de semana a Omaha. De lo único de lo que hablaba era e su novio, que aún vivía en Omaha, que probablemente le ponía los cuernos. Cath no podía esperar a estar en casa.
Sintió una ola de optimismo correr por su cuerpo cuando vio que alguien había cortado el césped de la entrada de casa. Alguien que podía quedarse despierto toda la noche haciendo montañas de puré de patatas, pero que de vez en cuando tenía la cabeza suficientemente lúcida como para cortar el césped.
No era que su padre fuera a hacer eso, lo de las montañas de puré de patatas. No era su estilo, en absoluto.
Una barra de incendios des del ático. Viajes con la excusa “O ahora o nunca”. Quedarse despierto 3 noches porque había descubierto un maratón de Batalla interestelar en Netflix… Ese era el estilo de su locura.
- ¿Papá?
La casa estaba oscura. Debería estar en casa. Dijo que volvería pronto del trabajo.
- Cath – él estaba en la cocina. Ella corrió hacia él para abrazarle. Él le devolvió el abrazo como él lo necesitaba. Cuando ella se apartó, él sonrió. Con los ojos rojos, y todo.
- Esto está oscuro – sijo ella. Su padre miró la habitación como si acabara de entrar ahí.
- Tienes razón – Él caminó por toda la primera planta, encendiendo luces. Cuando empezó con las lámparas de pie, Cath las apagó detrás de él. – Yo sólo estaba trabajando en algo… – dijo él.
- ¿Para el trabajo?
- Para el trabajo – aceptó él, encendiendo inconscientemente una lámpara que ella acababa de apagar. – ¿Qué te parecen los Gravioli?
- Me gustan, ¿es lo que hay hoy para cenar?
- No, es mi nuevo cliente.
- ¿Tenéis la marca Gravioli?
- Aún no. Está pendiente. ¿Qué te parece?
- ¿Los Gravioli?
- Sí… – Él presionó los dedos de su mano izquierda contra la palma de su mano.
- Me gusta la salsa y, uhm… ¿Los raviolis?
- ¿Y te hace sentir…?
- Llena.
- Eso es terrible, Cath.
- Uhm… ¿Feliz? ¿Indulgente? ¿Confortada? ¿Doblemente confortada porque estoy comiendo dos comidas confortantes en un solo plato?
- Quizás… – dijo él.
- Me hace preguntarme qué más quedaría bien con esta salsa.
- ¡Ja! – dijo él – Posible.
Él empezó a alejarse, y ella supo que estaba buscando su libreta de esbozos.
- ¿Qué vamos a cenar? – preguntó Cath.
- Lo que quieras – dijo él. Después se paró, y se giró para mirarla, como si acabara de recordar algo. – No. Día de tacos. ¿Día de tacos?
- Vale. Conduzco yo. Hace meces que no conduzco. ¿A qué puesto vamos? Vayamos a todos.
- Hay por lo menos 7 puestos de tacos, en un radio de dos kilómetros.
- Pues venga – dijo ella – quiero estar comiendo burritos des de ahora hasta el domingo por la mañana.
Comieron sus respectivos burritos y vieron la tele. Su padre estaba garabateando esbozos en su libreta, y Cath estaba en el ordenador. Wren debería estar aquí con su portátil, también, mandándole mensajes instantáneos en vez de hablar
Cath decidió mandarle un e-mail.
Ojalá estuvieras aquí. Se ve bien a papá. Creo que no ha lavado los platos des de que nos fuimos. Bueno, creo que no ha utilizado ningún plato, aparte de vasos, desde que nos fuimos. Pero está trabajando. Y no se ha roto nada. Y sus ojos están en su puesto, ¿me entiendes? Da igual. Nos vemos, el lunes.
Vigila. Intenta que nadie te engañe con cloroformo.”
Cath se fue a la cama a la una. Volvió a bajar a las 3 para asegurarse que la puerta principal estaba cerrada con llave; hacía eso a veces, cuando no podía dormir, cuando nada se sentía suficientemente bien o en su sitio.
Su padre había llenado el salón de papeles con titulares o esbozos. Él estaba dando tumbos por ahí, como si estuviera buscando algo.
- ¿A la cama? – dijo ella.
A sus ojos les costó un tiempo encontrarla.
- A la cama. – dijo él, sonriendo gentilmente.
Cuando ella bajó a las 5, él estaba en su habitación. Ella pudo oírle roncar.



Su padre ya se había ido cuando ella bajó por la mañana. Cath decidió hacer limpieza general. Los papeles en el salón estaban separados en secciones. “Cestos” lo llamaba él. Estaban pegados a la pared y a las ventanas. Algunos papeles estaban rotos en trocitos por el suelo. Cath miró por encima de todas las ideas, y cogió un boli verde para dibujar una estrellita en sus favoritas. Cath era verde, Wren era roja.
Verlo todo caótico pero, aun así, ordenador por categorías, hizo que ella se sintiera mejor.
Su padre era un poco maniático. Sus pocas manías pagaban las facturas, le despertaba por las mañanas, y le daba esa magia especial que tenía su padre, siempre que él la necesitaba.
Cath miró en la cocina. La nevera estaba vacía. El congelador lleno de comida del Comidas Sanas, y de trozos de pastel del Mari Callender’s. Ella llenó el lavaplatos de vasos cucharitas y tazas de café sucios.
El baño estaba bien. Cath miró dentro de la habitación de su padre, y cogió más vasos.  Había papeles por todas partes, y ni siquiera estaban apilados. Montones de cartas, la mayoría sin abrir, siquiera. Ella supuso que su padre lo escondió todo en su habitación antes de que ella llegara. No tocó nada, excepto los vasos.
Después puso en el microondas uno de los potes de Comidas Sanas, lo comió sobre el fregadero, y decidió volver a la cama.
Su cama en casa era mucho más suave de lo que ella recordaba. Y sus almohadas olían muy bien. Y ella había echado de menos todos los posters de Simon y Baz. Había un enorme recorte de Baz a tamaño real, dejando al descubierto sus colmillos y sonriendo, colgando de la parte superior de su cama. Se preguntó si Reagan lo toleraría en su habitación. Quizás dentro del armario de Cath.



Ella y su padre hicieron cada una de las comidas de ese fin de semana en un puesto de tacos diferente. Cath tomó carnitas y  barbacoa, al pastor e incluso lengua. Ella lo comía todo empapado en salsa verde de tomatillo.
Su padre trabajaba. Así que Cath trabajaba con él, escribiendo más palabras de Carry on de las que había escrito en semanas. El sábado por la noche, ella aún estaba despierta a la una de la madrugada, pero se fue a la cama de manera exagerada, de modo que su padre se fuera también.
Después se quedó despierta una o dos horas más, escribiendo.
Se sentía bien estar escribiendo en su propia habitación, en su propia cama. Perderse en el Mundo de Mages, y no intentar encontrarse. No escuchar ninguna voz en su cabeza, a parte de las de Simon y Baz. Ni siquiera la suya.  Esta era la razón por la que Cath escribía la fanfic. Por estas horas en las que ese mundo suplantaba el mundo real. Cuando ella podía sumergirse en los sentimientos de ellos como en una ola.
Cuando llegó la noche del domingo, toda la casa estaba cubierta de papeles con bocetos, y de envoltorios de burrito. Cath preparó otro lavaplatos lleno de vasos, y tiró toda la basura.
Se suponía que tenía que encontrarse con su acompañante en la parte Oeste de Omaha. Su padre la estaba esperando al lado de la puerta para llevarla, haciendo sonar las llaves del coche en su bolsillo.
Cath intentó quedarse con esta imagen de él para tranquilizarse después. Él tenía el pelo castaño claro, del mismo color que el de Cath y Wren. Lo tenía igual que ellas, grueso y liso. Tenía una nariz redonda, un poco más larga y ancha que las suyas. Y los ojos eran de todos y de ningún color, como los de ellas. Es como si él las hubiera tenido sólo. Como si los tres se hubieran copiado el mismo ADN.
Sería una foto mucho más tranquilizadora si él no pareciera tan triste. Sus llaves estaban golpeando su pierna muy fuerte.
- Estoy lista – dijo ella.
- Cath… – el tono de su voz hizo que el corazón de ella se hundiera – Siéntate, por favor. Hay algo que tengo que contarte. Es rápido.
- ¿Por qué me tengo que sentar? No quiero tener que sentarme.
- Sólo… – él señaló hacia la mesa del comedor – Por favor.
Cath se sentó sobre la mesa, intentando no aplastar ningún papel y desordenarlo todo.
- No quería guardarme esto… – dijo él.
- Sólo… Dilo – dijo Cath – Me estás poniendo nerviosa. – Mucho peor que nerviosa, su estómago había subido hasta su tráquea.
- He estado hablando con tu madre.
- ¿Qué? – Cath se habría sorprendido menos si le hubiera dicho que había hablado con un fantasma. O con el Yeti. – ¿Por qué? ¿Qué?
- No hemos hablado de nosotros– dijo rápidamente, como si supiera que la idea de ellos dos volviendo a estar juntos era una perspectiva horrorosa – Sobre ti.
- ¿Sobre mí?
- Tú y Wren.
- Para – dijo ella – No le hables a ella sobre nosotras.
- Cath… Es tu madre.
- No lo parece.
- Escucha, Cath, ni siquiera sabes qué te voy a decir. – Cath había empezado a llorar.
- Me da igual lo que me vayas a decir. – Su padre decidió que lo mejor sería seguir hablando.
- Le gustaría veros. Le gustaría conoceros un poco mejor.
- No.
- Cariño, ha pasado por mucho.
- No – dijo Cath – No ha pasado por nada – Era verdad. La madre de Cath nunca había estado ahí – ¿Por qué estamos hablando de ella?
Cath podía oír las llaves de su padre sonar en su bolsillo otra vez, golpeando la parte de debajo de la mesa. Ellos necesitaban a Wren ahora mismo. Wren no se ponía nerviosa. Ni lloraba. Wren no dejaría que él siguiera hablando sobre esto.
- Es vuestra madre – dijo él – Y creo que deberíais darle una oportunidad.
- Se la dimos. Al nacer. No quiero hablar más de esto – Cath se levantó demasiado rápido, y uno de los montones de papeles se derrumbó.
- Quizás podemos hablar de esto el Día de Acción de Gracias. – dijo él.
- Quizás podemos no hablar de esto del Día de Acción de Gracias, de modo que no arruinemos ese día. ¿Se lo dirás a Wren?
- Ya se lo dije. Le mandé un e-mail.
- ¿Y qué dijo?
- No mucho, que ya se lo pensaría.
- Bueno, yo no voy a pensármelo – dijo Cath – Ni siquiera puedo pensar sobre esto.
Se levantó de la mesa y empezó a recoger sus cosas, necesitaba algo con lo que mantener sus manos ocupadas. No debería haberles hablado de esto en separado. No debería haberles hablado de esto, en absoluto.




El viaje a la parte este de Omaha con su padre fue miserable. Y el viaje de vuelta a Lincoln fue aún peor.

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Vale, perdonad por tardar tanto en colgar algo nuevo. Estoy estudiando para las recuperaciones y casi no tengo tiempo de traducir. La semana que viene no voy a pode colgar porque son las fiestas de mi pueblo y bueno, voy a estar fuera todo el día. Intentaré colgar dos capítulos de aquí dos semanas. Comentad qué os parece la historia! ¿Qué pasará con la madre de Cath? Os quiero :3

9 ago 2014

OCHO.

- ¿Has empezado ya tu escena?
Estaban en el almacén de la biblioteca, el almacén del almacén, y hacía más frío de lo habitual, el viento hacía que el flequillo de Nick bailara por su frente. “¿El de los chicos también se llama “flequillo”?” se preguntó Cath.
- ¿Por qué hace viento aquí dentro? – preguntó ella.
- ¿Por qué hace viento en cualquier parte? – respondió Nick. Esto la hizo reír.
- No lo sé, ¿mareas?
- ¿Cuevas de viento?
- Ni siquiera es viento – dijo Cath – es lo que sentimos cuando el tiempo se sacude hacia delante. – Nick le sonrió. Sus ojos eran delgados pero oscuros, del mismo color que el interior de su boca.
- Los especializados en inglés sois unos inútiles. – dijo moviendo sus cejas nerviosamente. Después, él le dio a ella un golpe con el hombro – Así que… ¿Has empezado tu escena? Seguro que ya la has acabada. Eres jodidamente rápida.
- Practico mucho. – dijo ella.
- ¿Practicas la escritura? – Por un momento ella pensó en decirle la verdad. Lo de Simon y Baz. Lo de colgar un capítulo cada día y tener treinta y cinco mil votos en cada uno… – Escribo un diario – dijo ella – cada mañana, para relajarme. ¿Has empezado tu escena?
- Sí – dijo Nick. Estaba dibujando remolinos en el margen de la libreta – tres veces… Sólo… No estoy seguro de este trabajo.
La profesora Piper quería que escribieran una redacción con un narrador informal. Cath la había escrito des del punto de vista de Baz. Era una idea sobre la que ella llevaba un tiempo pensando; algún día lo convertía en una fanfic real, algún día, cuando acabara Carry On.
- Esto debería estar chupado para ti – dijo Cath, golpeando el hombro de Nick, más suavemente que él. – Todos tus narradores son increíbles.
Nick le había dejado leer algunas di sus historias cortas y los primeros capítulos de una novela que él empezó cuando era de primer año. Todo esto era oscuro, y mucho más sucio y mugriento de lo que ella sería capaz de escribir, pero, aun así, divertido. Y adictivo, en algún modo. Nick era bueno.
A ella le gustaba sentarse a su lado y ver como todas esas cosas geniales eran creadas por sus manos. Ver las bromas salir en tiempo real. Ver cómo hacía encajar las palabras.
- Exacto… – dijo él, lamiendo su labio superior. Prácticamente no tenía labio superior, solamente tenía una fina línea roja – Por eso creo que tengo que hacer algo aún más increíble esta vez.
- Vamos – Cath tiró de la libreta – Me toca.
A Nick siempre le costaba soltar la libreta.
La primera noche que ellos trabajaron juntos en su historia extracurricular, Nick apareció con 3 páginas que había escrito en sus tiempos muertos.
- Eso es trampa – dijo Cath cuando lo vio.
- Es el primer empujón – dijo él – para que nos sea más fácil continuar.
Ella cogió la librea y escribió sobre y entre sus palabras, poniendo nuevos diálogos en los márgenes y tachando algunas líneas que iban demasiado lejos. A veces Nick abusaba demasiado de su estilo. Después, ella añadió algunos parágrafos suyos.
Empezaba a ser más fácil escribir sobre papel, aunque Cath seguía echando de menos su teclado…
- Necesito hacer copiar y pegar. – le decía a Nick
- La próxima vez – contestaba él – Trae las tijeras.
Ahora se sentaban uno al lado del otro cuando escribían, para que fuera más fácil leer y escribir durante el turno del otro. Cath se sentaba en el lado derecho de Nick, de manera que sus manos no se chocaran mientras se corregían mutuamente.
A Cath le hacía sentirse un poco como una parte de un monstruo de dos cabezas. Una carrera a tres piernas.
Le hacía sentirse en casa.
Ella no estaba segura de lo que Nick sentía…
Ellos hablaban, mucho, antes de la clase, y durante la clase, Nick se balanceaba hacia atrás con la silla para hablar. A veces, después de clase, Cath hacía como que tenía que pasar por Bessey Hall, donde estaba la siguiente clase de Nick, incluso cuando no había nada pasado el Bessey Hall, excepto el campo de fútbol. Gracias a Dios, Nick nunca preguntó a dónde iba.
Él tampoco preguntaba nada de eso cuando salían de la biblioteca por la noche. Siempre se paraban en las escaleras por un minuto mientras Nick se ponía la mochila en la espalda, y se ataba la bufanda azul alrededor de su cuello.
- Te veo en clase – decía después de ponerse la bufanda, y se iba.
Si Cath supiera si Levi estaba en su habitación, le llamaría y esperaría a que llegara a recogerla. Pero la mayoría de noches marcaba el 911 en el móvil, y corría de vuelta a la habitación, con el dedo sobre el botón de llamada.



Wren estaba haciendo algún tipo de dieta rara.
- Es la dieta de las perras delgadas – dijo Courtney.
- Es ser vegano – aclaró Wren.
Hoy era Viernes de Fajitas en el Selleck. Wren tenía un plato lleno de pimientos verdes y cebolla a la parrilla, y dos naranjas. Llevaba unas semanas comiendo cosas así.
Cath se preocupaba por ella. Wren llevaba ropa que Cath se había puesto algunas veces, así que sabía cómo quedaba. El jersey de Wren aún estaba ajustado por la parte de su pecho; sus tejanos aún estaban demasiado bajos en su culo. Wren y ella tenían un culo grande, a Cath le gustaba llevar camisetas y jerséis que llegaran hasta su cadera. Wren prefería vestir cosas que llegaran sólo hasta la cintura.
- Te ves igual – dijo Cath – Te sigues pareciendo a mí, y mira lo que estoy comiendo – Cath estaba comiendo Fajitas de ternera con salsa agridulce y tres tipos de queso.
- Sí, pero tú no bebes.
- ¿Eso forma parte de la dieta de las perras delgadas?
- Somos perras delgadas durante la semana – dijo Courtney – Y perras borrachas durante los fines de semana. – Cath intentó hacer coincidir su mirada con la de Wren.
- Yo no creo que quiera aspirar a ser ningún tipo de perra.
- Demasiado tarde – dijo Wren, y cambió de tema – ¿Quedaste con Nick anoche?
- Sí – dijo Cath, y sonrió. Ella intentó convertirlo en una sonrisa de satisfacción, pero eso hizo que su nariz se arrugara como la de un conejito.
- ¡Oh, Cath! – dijo Courtney – Estábamos pensando que nosotras podríamos hacer que pasamos casualmente por la biblioteca alguna noche, y nos los presentas. ¿Los Martes y los Jueves, no?
- No. Ni de coña. No,  no,  no. – Cath miró a Wren – No. ¿Vale? Di vale.
- Vale – Wren apuñaló uno de los pimientos con su tenedor, y se lo llevó a la boca – Pero, ¿qué problema hay?
- No hay ningún problema – dijo Cath – pero si vinierais, podría parecer un gran problema. Destrozarías mi estrategia de: “Hey, que tal, ¿quieres quedar? Ah, guay”.
- ¿Tienes una estrategia? – preguntó Wren – ¿Implica besarte con él?
Wren no dejaría en paz el tema de los besos. Des de que Abel se deshizo ce Cath, Wren estaba todo el día sobre ella diciéndole que persiguiera sus pasiones, y que liberara la bestia que había dentro de ella.
- ¿Qué tal él? – decía ella, señalando a algún chico guapo mientras hacían cola para la comida – ¿Quieres besarle?
- No quiero besar a ningún desconocido – Contestaba Cath – No estoy interesada en unos labios sin contexto.
Sólo era verdad en parte.
Desde que Abel cortó con ella… Des de que Nick había empezado a sentarse a su lado… Cath seguía notando cosas.
Chicos.
Muchos Chicos.
Por todas partes.
En serio, por todas partes. En sus clases. En el consejo de estudiantes. En el dormitorio, en las plantas por encima y por debajo de la suya. Y ella podría jurar que no se parecían en absoluto a los del instituto. “¿Cómo podía un año marcar tanta diferencia?”. Cath se encontraba a si misma mirando sus cuellos, y su manos. Ella había encontrado la fuerza de sus mandíbulas, la manera en la que sus pechos sobresalían de sus camisetas, su pelo…
Las cejas de Nick llegaban casi hasta el comienzo de su pelo, y sus patillas invadían parte de sus mejillas. Cuando ella se sentaba detrás de él en clase, ella podía ver el movimiento debajo de la camiseta de los músculos de su hombro izquierdo mientras escribía.
Incuso Levi era una distracción. Una casi constante distracción. Con su largo y bronceado cuello. Y su nuez moviéndose por su cuello cuando él se reía.
Cath se sentía diferente. Convertida. Loca por los hombres, incluso si ninguno de estos parecía realmente un hombre. Y, por una vez, la última persona con la que quería hablar sobre esto, era Wren. Todos era la última persona con la que Cath quería hablar de esto.
- Mi estrategia – le dijo a Wren – es asegurarme de que no conozca a mi más bonita y delgada hermana gemela.
- No creo que importase – dijo Wren. Cath notó que ella no estaba discutiendo la parte de “más bonita y delgada” – Parece que le gusta cómo piensas, tu cerebro. Y yo no tengo tu cerebro.
No lo tenía. Y Cath no entendía eso en absoluto. Tenían el mismo ADN.  El mismo carácter, y la misma educación. Cualquier diferencia entre ellas, no tenía sentido.
- Ven a casa conmigo este fin de semana – dijo Cath de repente. Ella se iba a Omaha esa noche. Wren ya le había dicho que no quería ir. – Sabes que papá nos echa de menos. – dijo Cath – Vamos. – Wren miró a su bandeja.
- Ya te lo he dicho, tengo que estudiar.
- Hay un partido aquí este fin de semana – dijo Courtney – No tendremos que estar sobrias hasta el lunes a las 11.
- ¿Has llamado a Papá, siquiera? – preguntó Cath.
- Nos hemos mandado correos – dijo Wren – se le ve bien.
- Nos echa de menos.
- Se supone que tiene que echarnos de menos, es nuestro padre.
- Sí – dijo Cath suavemente – pero él es diferente.
Wren levantó la cabeza, y miró a Cath, diciendo que no suavemente con su cabeza. Cath se levantó de la mesa.
- Será mejor que me vaya, tengo que pasar por la habitación antes de ir a clase.



Cuando la profesora Piper pidió sus redacciones esa tarde, Nick cogió la de Cath de su mano. Ella cogió de nuevo su hoja. Él levantó una ceja.
Ella le guiñó el ojo, y sonrió. Hasta pasado un rato no se dio cuenta que le estaba enseñando una de las sonrisas de Wren. Una de sus evangélicas sonrisas.
Nick presionó su lengua contra su mejilla, y miró a Cath durante un segundo, antes de darse la vuelta. La profesora Piper cogió el papel de la mano de Cath.
- Gracias, Cath. – Ella sonrió ampliamente y apretó el hombro de Cath – Casi no puedo esperar a leerlo.
Nick negó con la cabeza ante esto. Con sus labios dijo “Mimada” aunque no emitió ningún sonido.

Cath se planteó alargar sus manos a la parte trasera de la cabeza de Nick, y acariciarle el cabello hasta llegar a su espalda.