Ahora Cath tiene que decidir si esta preparada para abrir su corazón a nueva gente y nuevas experiencias, y se está dando cuenta de que con el amor se aprende mucho más de lo que ella hubiera creído posible...

28 jun 2014

CUATRO.

Las ardillas del campus eran más que domésticas. Eran casi domésticamente abusivas. Si estabas comiendo algo, cualquier cosa, ellas venían y te picaban para que les dieras un poco.
- Toma – dijo Cath, mientras le tiraba un trozo de su barrita de fresa y soja a una ardilla roja que había al lado de sus pies. Le hizo una foto y se la envió a Abel. “Pequeña pero matona” escribió en el móvil.
Abel le había mandado fotos de su habitación (su suite) en el Festival de Tecnología, y de él con los cinco empollones, que miraban Big Bang Theory y compartían habitación con él. Cath intento imaginarse pidiéndole a Reagan que posara para una foto, y rio a carcajada suelta un rato. La ardilla se congeló, pero no escapó.
Los miércoles y los viernes, Cath siempre tenía cuarenta y cinco minutos entre biología y Escritura de Ficción. Y últimamente los pasaba aquí, sentada en una parte del césped con sombra, justo al lado del edificio de inglés. Nadie a quien tratar por aquí. Excepto las ardillas.
Ella miró sus mensajes, aunque su teléfono no había sonado.
Abel y ella en realidad no habían hablado des de que ella se fue para la universidad, hacía tres semanas, pero él sí que le había enviado mensajes de móvil. Y le mandaba correos electrónicos de vez en cuando. Él dijo que estaba bien, y que la competición en Misuri estaba siendo difícil. “Aquí todos fueron los más listos de su generación.” Cath se resistió a su necesidad de contestarle “Excepto tú, ¿verdad?”.
Sólo por qué Abel obtuvo una puntuación perfecta en la parte de matemáticas de la selectividad no significaba que fuera el chico más listo en su clase. Era un desastre en historia de América, e iba muy justo en Español. ¡En Español, por el amor de Dios!
Él ya le había dicho a Cath que no volvería a Omaha hasta Navidad, y ella no intentó convencerle de que volviera antes. En realidad, aún no le echaba de menos. Wren diría que eso era porque ella y Abel no eran novios realmente. Era una de sus conversaciones más recurrentes:
- Es un novio perfecto – diría Cath
- Es un fin de mesa… – Contestaría Wren.
- Y siempre ha estado ahí.
- …perfecto para poner las revistas.
- ¿Preferirías que saliera con alguien como Jesse? ¿Para que ambos pudiéramos estar todo el fin de semana llorando?
- Preferiría que salieras con alguien que de verdad te gustara besar.
- He besado a Abel.
- Oh, Cath, para. Harás que mi cerebro vomite.
- Hemos estado saliendo durante 3 años. Es mi novio.
- Tienes sentimientos más fuertes por Baz y Simon.
- Es que, ¡son Baz y Simon! Es incluso razonable. Me gusta Abel, es estable.
- Sigues describiendo un fin de mesa.
Wren había empezado a salir con chicos en octavo (dos años antes de que Cath empezara a pensar en chicos). Y hasta Jesse Sandoz, Wren nunca había estado con el mismo chico por más de unas semanas. Estuvo saliendo con Jesse durante mucho tiempo, porque ella nunca estaba segura de que él se sintiera realmente atraído por ella. O, por lo menos, esa era la teoría de Cath.
Wren acostumbraba a perder el interés por un chico cuando ella les ganaba. La conversión era su parte favorita.
- Ese momento – le dijo a Cath – cuando te das cuenta que un chico te mira de diferente manera, que ocupas más espacio en su campo de visión. Ese momento cuando te das cuenta de que él no puede simplemente dejarte ir.
A Cath le gustó tanto esa última línea, que la puso en labios de Baz unas semanas más tarde. Wren se enfadó al leerla. De todos modos, Jesse nunca se convirtió. Él nunca tuvo ojos sólo para Wren, ni siquiera cuando hicieron e amor el otoño pasado. Se salió del juego de Wren.
Cath se alegró cuando Jesse ganó esa beca para irse a jugar a fútbol en el estado de Iowa. Él no tenía suficiente capacidad de atención como para llevar una relación a distancia, y había por lo menos diez centenares de primerizos en la universidad de Nebraska a los que Wren podía convertir.
Cath arrojó otro trozo de barrita energética a la ardilla, pero un par de mocasines pasaron un poco demasiado cerca de ellos, y la ardilla cogió el trozo de barrita y se fue corriendo. Malditas ardillas gordas, pensó Cath, no dejan comida a su paso.
Los mocasines se acercaron un paso más hacia ella,  después pararon. Cath miró hacia arriba. Había un chico parado justo delante de ella. Des de donde ella estaba sentada, y des de donde él estaba parado, con el sol detrás de su cabeza, parecía que midiera 2 metros y medio. Cath cubrió el sol con su mano para verle mejor, pero no logró reconocerle.
- Cath – dijo – ¿verdad?
Reconoció su voz; era el chico de pelo negro que se sentaba frente a ella en Escritura de Ficción, Nick.
- Verdad – dijo ella.
- ¿Acabaste el trabajo escrito?
La profesora Piper les había pedido que escribieran un texto de 100 palabras des de la perspectiva de un objeto inanimado. Cath asintió. Seguía tapándose el sol con la mano, y mirándole.
- Oh, perdona – dijo Nick, sentándose en el césped a su lado. Dejó su mochila entre sus rodillas. – Así que, ¿sobre qué escribiste?
- Sobre un armario – dijo ella – ¿tú?
- Un bolígrafo punta-fina – sonrió – Creo que todo el mundo lo hará sobre un boli.
- Yo no lo creo – dijo ella – un boli es una idea terrible.
Nick se rio, y Cath bajó la mirada al césped.
- Así que – preguntó él – ¿crees que nos lo hará leer en voz alta? – la cabeza de Cath se levantó rápidamente.
- No. ¿Por qué nos haría leer en voz alta?
- Siempre lo hacen – dijo él, como si fuera algo que Cath ya debería saber. No estaba acostumbrada a ver a Nick de cara; su cara era infantil, tenía sus ojos azules muy entornados y brillantes, y unas cejas negras que casi se convertían en una. Parecía de los que se hubieran comprado un billete de tercera clase en el Titanic. Alguien que haría cola para entrar en el Museo de Deportación, en Ellis Island. Parecía una persona indefinida, como los viejos que paran a revisar las obras. Y, bueno, era mono.
- Pero no hay tanto tiempo, no podríamos leer todos. – dijo ella.
- Probablemente nos dividiremos en grupos – dijo otra vez como si ella tuviera que saber esto.
- Digamos que soy bastante nueva, por aquí.
- ¿Eres de primer año? – Ella asintió y puso sus ojos en blanco.
- Pero, ¿cómo ha podido entrar alguien de primer año a la clase de tercer nivel de la profesora Piper?
- Lo pedí. – Nick levantó sus peludas cejas, e hizo algo parecido a un puchero con su lbio inferior.
- ¿De veras crees que un boli es una idea terrible?
- No estoy segura de qué esperas que diga ahora – contestó Cath.



- ¿Tienes un desorden alimenticio? – preguntó Reagan. Cath estaba sentada en su cama, estudiando.
Reagan estaba apoyada en la puerta del armario, dando saltitos, mientras intentaba ponerse una bota negra de tacones altos. Probablemente estaba a punto de ir a trabajar, Reagan siempre estaba a punto de ir a algún sitio. Ella utilizaba su habitación como un sitio de paso, un sitio donde paraba entre la clase y la biblioteca; entre su trabajo en la Unión de Estudiantes, y su trabajo en el Jardín de Olivas. Un sitio donde cambiarse de ropa, guardar los libros, y recoger a Levi.
A veces también había otros chicos. En el último mes, habían estado Nathan y Kyle. Pero ninguno de los dos parecía ser parte del sistema solar de Reagan, así como Levi si lo era.
Cosa que hacía que Levi también formara parte del sistema solar de Cath. Él la había visto en el campus, y caminado con ella durante todo el camino de Oldfather Hall, hablando sobre unos guantes de boxeo que había visto en la Unión de Estudiantes.
- Hechos a mano. En Ecuador. ¿Alguna vez has visto una alpaca, Cather? Son como las llamas más adorables del mundo. Quiero decir, imagínate la llama más mona del mundo, y ahora, hazla aún más mona. Y su lana, no es realmente lana. Es como fibra, y mucha gente le tiene alergia.
Reagan ahora miraba a Cath, con el ceño fruncido. Llevaba unos tejanos negros ajustados, y una camiseta negra. Quizás iba a una fiesta, y no al trabajo.
- Tu basura está llena de envoltorios de barrita energética. – dijo Reagan.
- ¿Has mirado en mi basura? – Cath notó una ola de ira pasar por todo su cuerpo.
- Levi quería tirar su chicle… ¿Y? ¿Tienes un desorden alimenticio?
- No – dijo Cath, bastante segura que hubiera dicho lo mismo su tuviera un desorden alimenticio.
- Entonces, ¿por qué no comes comida normal?
- La como. – Cath cerró sus puños. Su piel estaba muy estirada. – Sólo que aquí no.
- ¿Eres una de esas tiquismiquis con la comida?
- No. Yo… – Cath miró al techo, decidiendo que esta era una de esas veces en las que decir la verdad es mejor que mentir – Yo no sé dónde está el comedor.
- Has estado viviendo aquí por un mes, más o menos.
- Lo sé.
- ¿Y no has encontrado el comedor?
- En realidad, no lo he buscado.
- ¿Por qué no le has preguntado a alguien? Podrías haberme preguntado dónde estaba. – Cath puso los ojos en blanco, y miró a Reagan.
- ¿En serio quieres que te haga preguntas estúpidas?
- Si son sobre comida, agua, aire o resguardo, sí. ¡Dios, Cath, soy tu compañera de habitación!
- Vale – dijo Cath volviendo a concentrarse en su libro – apuntado.
- Así que, ¿quieres que te diga dónde está el comedor?
- No, estoy bien.
- No puedes basar tu dieta en barritas energéticas. Te estás quedando sin.
- No me estoy quedando sin…
- Puede que Levi haya comido unas cuantas. – Reagan suspiró.
- ¿Has permitido a tu novio robarme las barritas energéticas? – Cath se estiró para comprobar cuántas barritas le quedaban. Todas las cajas estaban abiertas.
- Dijo que te estaba haciendo un favor – dijo Reagan – Obligándote a ir a comer normal. Y él no es mi novio, exactamente.
- Esto es una violación – dijo Cath enfadada, olvidando por un momento que Reagan era la persona más intimidante que ella había conocido jamás.
- Ponte los zapatos – dijo Reagan – Te voy a enseñar dónde está el comedor.
- No. – Cath ya podía sentir la ansiedad empezando a romperse dentro de su estómago en pequeñas piezas de nerviosismo. – No es sólo eso… No me gustan los sitios nuevos. Las situaciones nuevas. Ahí estarán toda esa gente, y yo no sé dónde sentarme. No quiero ir.
Reagan se sentó a los pies de su propia cama, cruzando sus brazos.
- ¿Has ido a clase?
- Por supuesto.
- ¿Cómo?
- Las clases son diferentes – dijo Cath – Hay algo en lo que centrarse. Sigue siendo malo, pero es tolerable.
- ¿Te drogas?
- No.
- Quizás deberías... – Cath apretó sus puños contra la cama.
- Esto no es de tu incumbencia. ¡Ni siquiera me conoces!
- Esto – dijo Reagan – Esta es la razón por la que no quería un compañero de habitación de primer año.
- Es que, ¿por qué te importa, si quiera? ¿Te estoy molestando?
- Vamos a cenar, ahora mismo.
- No. No iremos.
- Coge tu Documento de Identidad de Estudiante.
- No iré a comer contigo. Ni siquiera te gusto.
- Me gustas lo suficiente – dijo Reagan.
- Esto es ridículo.
- ¡Madre de Dios, ¿no tienes hambre?!
Cath estaba apretando los puños tan fuerte que sus nudillos estaban empezando a ser de color blanco.
Pensó en los filetes de pollo arrebozado. Y las patatas escalibadas. Y la tarta de queso y arándanos. Y se preguntó si el comedor de Pound Hall tenía una máquina de helados como la de Selleck.
Y pensó sobre ganar. Sobre cómo estaba dejando que esto la ganara, fuera lo que fuera esto, la locura dentro de ella. Cath, cero. Locura, un millón.
Se estiró hacia delante, apretando el nudo en su estómago. Y después se levantó, con tanta dignidad como pudo recoger, y se puso sus Vans.
- He estado comiendo comida de verdad… – murmuró – Suelo ir a comer en Selleck con mi hermana. – Reagan abrió la puerta.
- Entonces, ¿por qué no cenabas aquí?
- Porque esperé demasiado. Hice una montaña de un grano de arena. Es difícil de explicar…
- En serio, ¿por qué no tomas drogas? – Cath salió de la habitación
- ¿Eres una psiquiatra licenciada, o haces como que eres una de la tele?
- Yo tomo drogas – dijo Reagan – Son maravillosas.



No hubo ningún momento vergonzoso en el comedor, no se quedaron de pie en la puerta, con su bandeja, decidiendo cuál era el mejor sitio para sentarse y pasar desapercibidas.
Reagan se sentó en la primera mesa medio vacía que encontró. Ni siquiera saludó a las personas que se sentaban en el otro extremo de la mesa.
- ¿No llegarás tarde al trabajo? – preguntó Cath.
- Voy a salir. Pero iba a cenar aquí de todos modos. Pagamos por esta comida, así que debemos, por lo menos, comerla.
La bandeja de Cath tenía un plato de macarrones gratinados y dos boles de coles de Bruselas. Estaba famélica. Reagan cogió una gran cucharada de ensalada de pasta. Su largo pelo le caía sobre sus hombros. Tenía una docena de tonos rojizos y dorados, y ninguno parecía natural.
- ¿En serio crees que no me gustas? – preguntó con la boca llena de comida. Cath tragó. Ella y Reagan nunca habían mantenido una conversación hasta hoy, por lo menos no una normal.
- Um… Tengo la sensación de que no quieres una compañera de habitación.
- Es que no quiero una compañera de habitación – Reagan frunció el ceño. Fruncía el ceño tanto como Levi sonreía. – Pero eso no tiene nada que ver contigo.
- Entonces, ¿por qué estás en las residencias de estudiantes? No eres de primer año, ¿no? No sabía que los de último curso vivieran en el campus.
- Yo tampoco lo sabía – dijo Reagan – Es parte de mi escolarización. En teoría tenía que tener mi propia habitación este año, estaba en la lista. Pero todas las residencias para estudiantes de último año estaban llenas.
- Lo siento. – dijo Cath.
- No es tu culpa.
- Yo tampoco quería una compañera de habitación – dijo Cath – Quiero decir… Yo pensaba que iba a vivir con mi hermana.
- ¿Tienes una hermana que viene aquí?
- Gemela.
- Puaj. Raro.
- ¿Por qué es raro? – preguntó Cath.
- Sólo, lo es. Es horripilante. Es como tener un doble. ¿Sois idénticas?
- Técnicamente, sí.
- Puaj. – Reagan se estremeció melodramáticamente.
- No es horripilante – dijo Cath – ¿Qué tienes en contra? – Reagan hizo una mueca y se estremeció otra vez.
- Y, ¿por qué no vives con tu hermana?
- Quería conocer gente nueva – dijo Cath.
- Parece como si hubiera roto contigo. – Cath clavó el tenedor en otra col de Bruselas.
- Vive en Schramm – le dijo a su bandeja. Cuando miró arriba, Reagan la estaba mirando con el ceño fruncido.
- Me estás haciendo sentir mal por ti otra vez – dijo Reagan.
- No te sientas mal por mí. N quiero que te sientas mal por mí. – dijo Cath, apuntando a Reagan con el tenedor.
- No puedo evitarlo – dijo Reagan – Eres realmente patética.
- No lo soy.
- Lo eres. No tienes amigos, tu hermana te abandonó, eres una tiquismiquis con la comida… Y tienes algo raro con Simon Snow.
- Me opongo a absolutamente todo lo que acabas de decir. – Reagan masticó. Y frunció el ceño. Llevaba pintalabios rojo oscuro.
- Tengo muchos amigos – dijo Cath.
- Yo nunca los veo.
- Acabo de llegar. La mayoría de mis amigos fueron a otras universidades. O son amigos de Internet.
- Los amigos de Internet no cuentan.
- ¿Por qué no?
Reagan se encogió de hombros desdeñosamente.
- Y no tengo nada raro con Simon Snow – dijo Cath – Sólo soy muy activa en el fandom.
- ¿Qué coño es un fandom?
- No lo entenderías – suspiró Cath, deseando no haber usado esa palabra, sabiendo que si intentaba explicarla, sólo empeoraría las cosas. Reagan no creería, o no entendería, que Cath no era sólo una fan de Simon Snow. Ella era una de las Fans de Simon Snow. Una fan con sólo un nombre, con fans de ella misma.
Si le decía a Reagan que su novela de Simon normalmente tenía 20 centenares de votos… Reagan se reiría de ella.
Además, decir eso en voz alta haría que Cath se sintiera como una completa idiota.
- Tienes la cabeza de Simon Snow en tu escritorio – dijo Reagan.
- Son figuritas conmemorativas.
- Lo siento por ti, y seré tu amiga.
- No quiero ser tu amiga – Cath dijo tan severamente como pudo – Me gusta que no seamos amigas.

- A mí también me gusta – dijo Reagan – Me sabe mal que lo hayas arruinado todo siendo tan patética.

26 jun 2014

TRES.

Era imposible escribir así.
Para empezar, su habitación era demasiado pequeña. Un diminuto rectángulo, sólo suficientemente amplio para una cama a cada lado de la puerta (en realidad, cuando se abría la puerta de la habitación, chocaba contra el final del colchón de Cath), y sólo suficientemente profunda para apretujarse en un escritorio en cada lado entre las camas y las ventanas. Si cualquiera de ellas hubiera traído un sofá, hubiera ocupado todo el espacio libre entre las dos camas.
Ninguna de las dos había traído un sofá. O una televisión. O una bonita lámpara del Target.
No parecía que Reagan hubiera traído nada personal, a parte de su ropa y una tostadora completamente ilegal, y a parte de Levi, que estaba estirado en su cama con los ojos cerrados, mientras Reagan aporreaba su ordenador (que era un asqueroso PC, como el de Cath)
Cath estaba acostumbrada a compartir habitación, ella siempre la había compartido con Wren. Pero su habitación en casa era casi tres veces más grande que esta. Y Wren no ocupaba, ni de lejos, tanto espacio como Reagan. Espacio figurativo. Espacio mental. Con Wren ni siquiera parecía que estuviera acompañada.
Cath aún no estaba segura de qué hacer con Reagan…
Por una parte, Reagan no parecía interesada en estar toda la noche despierta, peinando el pelo de la otra, y convirtiéndose en mejores amigas para siempre. Eso era una suerte.
Por otro lado, Reagan no parecía interesada en Cath, en absoluto. En realidad, esto también era una suerte. Reagan era aterradora.
Ella hacía todo con mucha fuerza. Cuando la puerta estaba abierta, ella la cerraba de una patada. Era mayor que Cath, algo más alta y con un pechos gigantes (en serio, gigantes). Ella parecía mayor. Por dentro también.
Cuando Reagan estaba en la habitación, Cath intentaba apartarse de su camino; intentaba no mantener contacto visual. Reagan hacía como que Cath no estaba ahí, así que Cath hacía lo mismo. Normalmente esto parecía funcionar para las dos. Pero justo en ese momento, hacer como que no existía hacía que escribir fuera demasiado difícil.
Ella estaba en una escena difícil, Simon y Baz estaban discutiendo sobre si los vampiros algún día serían realmente considerados buenos, y también si ellos dos deberían ir a la fiesta de fin de curso juntos. Se suponía que todo tenía que ser divertido, y romántico, y pensativo, que normalmente eran las especialidades de Cath. (También era bastante buena en las traiciones, y los dragones hablantes.)
Pero no podía ir más allá de “Simon apartó su pelo color miel de sus ojos, y suspiró.” Ella ni siquiera podía hacer que Baz se moviera No podía dejar de pensar en Reagan y Levi sentados detrás de ella. Su cerebro estaba en alerta por intrusos.
Además, se estaba muriendo de hambre. Cuando Reagan y Levi fueran a comer, ella se comería un tarro entero de mantequilla de cacahuete. Eso si ellos salían algún día de la habitación. Reagan seguía aporreando el ordenador, como si fuera a travesar el escritorio, y Levi seguía sin irse, y el estómago de Cath estaba empezando a gruñir.
Cogió una barrita energética y salió de la habitación, pensando ir a dar una vuelta por el pasillo, para vaciar su cabeza. Pero el pasillo era casi un centro de encuentro. Todas las puertas estaban completamente abiertas, excepto la suya. Había chicas pululando por ahí, hablando y riendo. Toda la planta olía a palomitas de microondas quemadas. Cath entró en el servicio, y se sentó en uno de los baños, desenvolviendo su barrita energética, y dejando driblar por su mejilla unas lágrimas nerviosas.
Dios, pensó. Dios. Vale. Esto no está tan mal. En realidad no hay nada malo en esto. ¿Qué hay de malo, Cath? Nada.
Se sentía encerrada ahí dentro. Rompiéndose. Y su estómago estaba que ardía. Sacó su teléfono y se preguntó qué estaría haciendo Wren ahora mismo. Probablemente coreografiando trozos de las canciones de Lady Gaga. Probablemente probándose las camisetas de su compañera de habitación. Probablemente no sentada en un baño, comiendo una barita energética de almendra.
Cath podría llamar a Abel… Pero sabía que él se estaba preparando para ir al festival de tecnología de Misuri de mañana por la mañana. Su familia le haría una enorme fiesta de despedida, con tamales caseros, y los yoyos de coco de su abuela, que eran muy especiales. Ni siquiera los vendían en el negocio familiar. Abel trabajaba en la panadería, y su familia vivía encima. Su pelo siempre olía a canela y a levadura… Jesús, Cath estaba hambrienta.
Ella tiró el envoltorio de la barrita energética en la papelera de higiene femenina, y enjuagó su cara antes de regresar a su habitación. Reagan y Levi se iban, gracias a Dios. ¡Finalmente!
- Nos vemos – dijo Reagan.
- Hasta luego – Levi sonrió.
Cath pensó que se iba a derrumbar cuando la puerta se cerró detrás de ella. Cogió otra barrita energética, se enfiló en la vieja silla de madera (empezaba a gustarle esta silla), y abrió un cajón para apoyar sus pies. Y, finalmente, pudo escribir.

Selleck Hall era un edificio de habitaciones que estaba justo en medio del campus. Podías comer ahí, incluso si no vivías ahí. Cath normalmente esperaba en el vestíbulo a que Wren y Courtney llegara, para no tener que entrar sola en la cafetería.
- Así que… ¿Cómo es tu compañera de habitación?  Preguntó Courtney mientras pasaban por delante de la sección de ensaladas. Lo preguntó cómo i ella y Cath fueran amigas de toda la vida, como si Cath tuviera alguna idea de cómo es Courtney, aparte de que le gustaba el queso de cabra con melocotón.
La sección de ensaladas era una farsa. Sólo había queso de cabra con melocotón, con peras, o con queso cheddar.
- ¿Qué pasa con esto? – preguntó Cath, levantando un cucharón de ensalada de riñón congelado con judías verdes.
- Quizás también es una de esas cosas de Nebraska Oeste. – dijo Wren. – Hay chicos en nuestro edificio que llevan sombreros de cowboy, a todas horas, incluso cuando sólo están paseando por el pasillo.
- Voy a buscar una mesa. – dijo Courtney.
- Eh, – Cath miró a Wren amontonando verduras en su plato – ¿Alguna vez hemos escrito algún capítulo en el que Simon y Baz bailen?
- No me acuerdo – dijo Wren – ¿Porqué, estás escribiendo una escena de baile?
- Un vals. Sobre las murallas.
- Romántico – Wren buscó a Courtney por todo el salón.
- Tengo miedo de estar haciendo a Simon un poco demasiado cursi.
- Simon es cursi.
- Me gustaría que la leyeras – dijo Cath, siguiéndola hacia su mesa.
- ¿No lo están leyendo todos los estudiantes de noveno año de América del Norte? – Wren se sentó al lado de Courtney
- Y de Japón. – dijo Cath, sentándose – Soy extrañamente famosa en Japón. – Courtney se inclinó hacia Cath, en picado, como si fuera a contar un gran secreto.
- Cath, Wren me ha dicho que escribes una historia sobre Simon Snow. Eso es muy guay. Soy una gran fan de Simon Snow. Leí todos los libros cuando era pequeña.
- No se han terminado – dijo Cath escépticamente mientras desenvolvía su Sándwich. Courtney cogió un poco de queso, sin pillar la corrección. – Quiero decir, los libros no se han terminado. El octavo libro no sale hasta el año que viene…
- Háblanos de tu compañera de habitación – dijo Wren, sonriéndole planamente a Cath.
- No hay nada que contar.
- Pues invéntate algo.
Wren estaba irritada. Cosa que irritaba a Cath. Pero después Cath pensó en lo contenta que estaba de comer comida que requería el uso de cubiertos, y de hablar con alguien que no fuera desconocido, y decidió hacer un esfuerzo con la brillante compañera de habitación de Wren.
- Su nombre es Reagan. Y tiene el pelo marrón rojizo… Y fuma. – Courtney arrugó la nariz.
- ¿En tu habitación?
- No ha estado mucho en la habitación. – Wren parecía desconfiada.
-¿No habéis hablado?
- Nos hemos dicho hola – dijo Cath – He hablado un poco con su novio.
- ¿Cómo es su novio? – preguntó Wren.
- No sé, ¿alto?
- Bueno, sólo han pasado unos pocos días. Estoy segura que llegarás a conocerla bien. – después Wren cambió de tema, para hablar de algo que pasó en alguna fiesta en la que estuvieron Courtney y Wren. Sólo habían estado viviendo juntas por dos semanas, y ya tenían un montón de bromas internas que Cath no podía entender.
Cath comió su sándwich de pavo y dos porciones de patatas fritas, y escondió otro sándwich en su bolso mientras Wren no le prestaba atención.

Reagan finalmente pasó la noche en la habitación esa noche. (Gracias a Dios, Levi no.) Se fue a la cama mientras Cath seguía escribiendo en su ordenador.
- ¿Te molesta la luz? – preguntó Cath, apuntando a la lámpara que estaba sobre su mesa – Puedo apagarla, si quieres.
- Estoy bien. – dijo Reagan.
Cath se puso los auriculares, para no oír los ruidos que hacía Reagan al dormirse. Respiraciones. El movimiento de las sabanas. El sonido de la cama.
¿Cómo puede dormirse así con una desconocida en la habitación? Se preguntó Cath. Ella se sacó los auriculares cuando finalmente se hizo un ovillo en su cama, y se tapó entera con la sábana.

- ¿Sigues sin hablar con ella? – preguntó Wren a la hora de comer, la semana siguiente.
- Hablamos – dijo Cath – ella dice “¿Te importaría cerrar la ventana?”  y yo digo “Ningún problema.” También intercambiamos holas. A veces incluso dos por día.
- Esto empieza a ser raro – dijo Wren. Cath removió su puré de patatas.
- Me estoy acostumbrando a esto.
- Sigue siendo raro.
- ¿En serio? – preguntó Cath – ¿Vas a empezar a hablar sobre cómo no me relaciono con mi compañera de habitación? – Wren suspiró.
- ¿Y qué tal con su novio?
- Hace unos días que no le veo.
- ¿Qué harás este fin de semana?
- Deberes, supongo. Y escribiré un poco de Simon y Baz.
- Courtney y yo vamos a una fiesta esta noche.
 - ¿Dónde?
- ¡En la casa Triángulo! – dijo Courtney del mismo modo que dirías “¡La mansión Playboy!” si fueras un pervertido.
- ¿Qué es la casa Triángulo? – preguntó Cath.
- Es una hermandad de ingenieros. – dijo Wren.
- ¿Y les gusta emborracharse y construir puentes?
- Ellos se emborrachan y diseñan puentes. ¿Quieres venir?
- Nah. – Cath cogió un poco de carne de ternero y patatas asadas, que siempre era la comida que había los domingos por la noche en el bar de Selleck Hall. – Empollones borrachos, no me va.
- Te gustan los empollones.
- No los empollones que están en hermandades. – dijo Cath – Hay una enorme subclase de empollones en la que no estoy interesada.
- ¿Le hiciste firmar una promesa de sobriedad a Abel antes de que se fuera a Misuri?
- ¿Abel es tu novio? – preguntó Courtney – ¿Es mono? – Cath la ignoró.
- Abel no se volverá alcohólico. No puede tolerar la cafeína.
- Eso no tiene lógica.
- Sabes que no me gustan las fiestas, Wren.
- Y tú sabes lo que dice papá, tienes que probarlo antes de decir que algo no te gusta.
- ¿En serio? ¿Estás usando a papá para llevarme a la fiesta de una hermandad? He ido a fiestas. Hubo esa en casa de Jesse, con el tequila.
- ¿Probaste el tequila?
- No, pero tú sí, y yo ayudé a limpiarte el vómito. – Wren sonrió con nostalgia y alisó las arrugas en su frente.
- Cuando bebes tequila es más importante lo que haces, que dónde acabas.
- Me llamarás – dijo Cath – ¿Verdad?
- ¿Si vomito?
- Si necesitas ayuda.
- No necesitaré ayuda.
- Pero, ¿me llamarás?
- Dios, Cath. Sí. Relájate, ¿quieres?

23 jun 2014

DOS.

En los libros, cuando la gente se despierta en un lugar extraño, tienen unos instantes de desorientación, porque no recuerdan dónde están. Eso nunca le pasaba a Cath, ella siempre se acordaba de cuándo o dónde se había quedado dormida.
Pero, aun así, era raro escuchar la misma alarma de siempre apagarse en este sitio completamente nuevo. La luz en la habitación era rara, demasiado amarilla para la mañana, y el aire de la habitación tenía un olor a detergente al que no pensaba que fuera a acostumbrarse nunca. Cath cogió su móvil y apagó la alarma, recordando que aún no le había dicho nada a Abel. Ni siquiera había mirado su correo o su cuenta en FanFixx antes de irse a dormir.
Primer día” le escribió a Abel “Después hablamos. TQM, etc.
La cama en el otro lado de la habitación estaba vacía. Podía acostumbrarse a esto. Quizás Reagan pasaría todo el tiempo en la habitación de su novio. O en su piso. Su novio parecía mayor, seguramente vivía fuera del campus con veinte chicos más en una casa tambaleante, con un sofá en el patio delantero.
Incluso con la habitación vacía, Cath no se sentía segura de cambiarse ahí. Reagan podía entrar en cualquier momento. El novio de Reagan podría entrar ahí en cualquier momento… Y cualquiera de ellos podría ser uno de esos pervertidos que lo graban todo con cámaras.
Cath cogió su ropa y fue al servicios. Se cambió en uno de los baños que había, porque había una chica delante los espejos, que intentaba desesperadamente hacer contacto visual con ella. Cath hizo como que no la vio.
Acabó de preparaste, y tuvo tiempo de sobras para desayunar, pero no se atrevió a entrar en el comedor. Ni siquiera savia dónde estaba, o cómo funcionaba. En los sitios nuevos, las reglas más difíciles son esas que nadie te explica (y las que no puedes buscar en Google). Como, por ejemplo, ¿dónde empieza la cola? ¿Qué comida debes coger? ¿Dónde se supone que tienes que sentarte? ¿Dónde vas cuando has acabado? ¿Por qué te mira todo el mundo?... Bah.
Cath abrió una caja de barritas energéticas. Tenía cuatro cajas más, y tres tarros enormes de mantequilla de cacahuete. Calculó que, si se controlaba, no tendría que enfrentarse al comedor hasta octubre.
Encendió su ordenador, mientras masticaba una barrita de avena con chocolate, y abrió su cuenta de FanFixx. Había un montón de comentarios en su página, un montón de gente presionándola, ya que Cath no colgó ningún capítulo de Carry On ayer.
Hola chicos, escribió, Lo siento, ayer era el primer día de universidad, y tuve que estar con la familia, y eso. Hoy tampoco creo que pueda colgar nada. Pero os prometo que colgaré algo antes del jueves, tengo algo especial planeado. Os quiero. Magicath.

Mientras iba a clase, Cath no podía evitar sentir que estaba fingiendo ser una estudiante de las películas para mayores de edad. El entorno era perfecto, las hojas volando por el campus, los edificios de ladrillo, chicos y chicas con sus mochilas por todas partes. Cath colocó su mochila en su espalda. Miradme, soy como las estudiantes de los prospectos de las universidades.
Ella llegó a Historia de América 10 minutos antes, y, aun así, no llegó suficientemente temprano como para lograr un escritorio al final de la clase. En la clase todos parecían incómodos y nerviosos, como si hubieran pasado demasiado tiempo decidiendo qué ponerse. (Cómo si quisieras seguir con esto, pensó Cath cuando preparó su ropa ayer por la noche. Unos tejanos, una camiseta de Simon, y una chaqueta verde.) El chico a su lado llevaba los auriculares puestos y  movía su cabeza inconscientemente al ritmo de la música. La chica al otro lado sólo se pasaba el pelo de un hombro al otro.
Cath cerró los ojos. Podía oír cómo crujían las mesas, podía oler el desodorante de los demás. El simple hecho de saber que estaban ahí hacía que Cath se sintiera acorralada. Si Cath tuviera un poco menos de orgullo, podría haber cogido la clase a la misma hora que su hermana, ya que tanto ella como Wren necesitaban las clases de historia. Quizás debería ir a las mismas clases que Wren, mientas aún vayan a las mismas asignaturas, aunque no quisieran hacer la misma carrera. Wren quería estudiar marketing, y quizás conseguir un trabajo en la publicidad, como su padre.
Cath no podía imaginarse teniendo un trabajo, o una carrera. Se había apuntado a Inglés, deseando poder pasarse los próximos cuatro años leyendo y escribiendo. Y quizás cuatro años más, después de licenciarse.
De todos modos, cuando quedó con su consejero, en primavera, Cath le convenció de que ella podría soportar la Introducción a la Escritura de Ficción, un curso de nivel de secundaria. Era la única clase, quizás lo único de la universidad, que ella esperaba hacer. La profesora que daba la asignatura era una novelista conocida. Cath había leído sus tres libros (que hablaban de la decadencia y la aislación de la América rural.) durante el verano.
- ¿Por qué estás leyendo eso? – preguntó Wren, cuando lo vio.
- ¿El qué?
- Algo sin un dragón o un elfo en la portada.
- Estoy renovando mis lecturas.
- Shh – Dijo Wren, cubriendo las orejas del poster de la película, sobre su cama – Baz podría oírte.
- Baz está seguro en nuestra relación – Dijo Cath, sonriendo, a pesar de todo.
Pensar en Wren hizo que buscara su teléfono. Wren seguramente salió anoche. Parecía que todo el campus estuviera de fiesta. Cath se sintió un poco aislada en su habitación vacía. Wren no habría soportado el ruido. Cath sacó su móvil de su mochila.
“¿Estás despierta?” envió.
Unos segundo más tarde, su móvil sonó. “¿Eso no lo dije yo?
Anoche estaba demasiado cansada para escribir.” Escribió Cath “Me fui a dormir hacia las 10.
Alarma. “¿Ya has olvidado a tus fans?
Cath sonrió. “Siempre tan celosa de mis fans…
Que tengas un buen día.
Gracias, tú también.
Un hombre Indio, de mediana edad, que llevaba una chaqueta de marca, entró en la clase. Cath apagó su teléfono, y lo guardó en su mochila.



Cuando ella volvió a su habitación, se estaba muriendo de hambre. A este paso, sus barritas energéticas no durarían ni una semana…
Había un chico sentado fuera de su habitación. El mismo. ¿El novio de Reagan? ¿El chico que le robó un cigarro a Reagan?
- ¡Cather! – dijo con una sonrisa. Él se levantó tan pronto como la vio, cosa que fue más complicada de lo que tendría que ser. Sus piernas y sus brazos eran demasiado largos para su cuerpo.
- Es Cath – dijo ella.
- ¿Segura? – Él pasó una mano por su pelo, como si quisiera comprobar que aún estaba desordenado. – Porque Cather me gusta mucho.
- Segurísima – dijo ella categóricamente – He tenido mucho tiempo para pensar en ello.
Él se quedó allí, esperando que ella abriera la puerta.
- ¿Está Reagan? – preguntó Cath.
- Si Reagan estuviera aquí – sonrió –, yo ya estaría dentro.
Cath cogió la llave, pero no abrió la puerta. No estaba preparada para esto. Ya había tenido contacto con demasiados desconocidos, por hoy. Ahora mismo, ella sólo quería hacerse un ovillo en su rara y ruidosa cama, y zamparse 3 barritas energéticas. Ella miró por encima del hombro del chico.
- ¿Cuándo llegará Reagan? – preguntó ella. Él se encogió de hombros. El estómago de Cath se encogió. – Bueno, no puedo dejarte pasar, así, porque sí. – Ella espetó.
- ¿Por qué no?
- ¡No te conozco!
- ¿Bromeas? – se rio – Nos conocimos ayer. Estaba en la habitación, cuando me viste.
- Sí, pero no te conozco. ¡Ni siquiera conozco a Reagan!
- ¿También la harás esperar fuera?
- Mira – dijo Cath –, no puedo dejar que entren chicos desconocidos en mi habitación. ¡Ni siquiera sé tu nombre! Esto es demasiado rarísimo.
- ¿Demasiado rarísimo?
- Ya me entiendes – dijo ella – ¿no? – Él levantó una ceja, y negó con su cabeza, aun sonriendo.
- En realidad, no. Y ahora no quiero entrar contigo. El hecho de que uses el término “Demasiado rarísimo” me hace sentir raro.
-A mí, también. – digo agradecida.
Él se apoyó en la pared, y se deslizó hasta el suelo, mirando arriba, hacia ella. Después, levantó su mano.
- Por cierto, mi nombre es Levi. – Cath frunció el ceño, y cogió su mano ágilmente, sin soltar sus llaves.
- Vale – dijo, abrió la puerta y la cerró tan rápidamente como pudo. Cogió su portátil y una barrita energética, y se hizo un ovillo en la esquina de su cama.



Cath intentaba caminar por su lado de la habitación, pero no había suficiente sitio. Parecía una prisión, sobre todo ahora que el novio de Reagan, Levi, estaba esperando frente la puerta (o al lado de la puerta, da igual) en el pasillo. Cath se sentiría mejor si pudiera hablar con alguien. Se preguntaba si era demasiado temprano para llamar a Wren…
En vez de eso, llamó a su padre. Y dejó un mensaje de voz.
Mandó un mensaje a Abel. “Hola. Hora libre. ¿Qué haces?
Abrió su libro de sociología. Después abrió su portátil. Después se levantó para abrir la ventana. Hacía calor, fuera. Había chicos persiguiéndose con pistolas Nerf delante de la cede centrar de una fraternidad secreta. “Pi-Kappa-Rara-Imagen O”. Cath sacó su teléfono, y llamó.
- Hola – contestó Wren – ¿Cómo fue tu primer día?
- Bien, ¿el tuyo?
- Bien. – dijo Wren. Wren siempre lograba parecer feliz y despreocupada. – Quiero decir, estresante, supongo. Me equivoqué de edificio en la hora de Estadísticas.
- Eso es una mierda.
La puerta se abrió, y Reagan y Levi entraron. Reagan miró a Cath de un modo raro. Levi sonrió.
- Pues sí – dijo Wren – Sólo llegué unos minutos tarde, pero me sentí muy estúpida. Oye, cielo, Courtney y yo vamos a cenar, ¿puedo llamarte luego? O, ¿prefieres que nos veamos mañana para comer? Supongo que iremos al Selleck Hall a mediodía. ¿Sabes dónde está?
- Lo encontraré – dijo Cath.
- Vale, perfecto. Hasta mañana.
- Perfecto – dijo Cath, colgando la llamada, y guardando su teléfono en su bolsillo. Levi ya se había estirado en la cama de Reagan.
- Haz algo útil. – dijo Reagan, lanzándole una sábana arrugada – Hola – le dijo a Cath.
- Hola – dijo Cath. Ella se quedó ahí por un minuto, esperando algún tipo de conversación, pero Reagan no parecía demasiado interesada. Ella estaba removiendo todas sus cajas, como si buscara algo.
- ¿Qué tal tu primer día? – preguntó Levi. Le tomó un segundo a Cath para darse cuenta de que le estaba hablando a ella.
- Bien – dijo Cath.
- Eres de primer año, ¿no? – Él le estaba haciendo la cama a Reagan. Cath se preguntaba si él estaba planeando pasar aquí la noche. Eso no pasaría. En absoluto Él aún estaba mirando a Cath. Sonriendo a Cath. Ella asintió.
- ¿Encontraste todas tus clases?
- Sí…
- ¿Has conocido a alguien?
Sí, pensó ella, vosotros sois alguien.
- Intencionadamente, no. – dijo ella. Pudo escuchar a Reagan bufando.
- ¿Dónde están las fundas de la almohada? – Preguntó Levi, mirando en el armario.
- En las cajas – dijo Reagan.
Él empezó a vaciar una caja, dejando cosas sobre el escritorio de Reagan, como si supiera dónde iban. Su cabeza colgaba hacia delante, como si no estuviera conectada a su cuello o a sus hombros. Como si fuera uno de esos muñecos que tienen la cabeza unida al cuerpo por unas tiras de plástico gastado. Levi parecía un poco extravagante. Él y Reagan. La gente suele juntarse así, pensó Cath, con gente igual que ellos.
- Y… ¿Qué estudias? – él le preguntó a Cath
- Inglés – dijo, y esperó demasiado rato para decir – ¿Y tú? – Él parecía maravillado de que le hubiera preguntado eso. O de que le hubiera preguntado algo.
- Gestión de empresas. – Cath no sabía qué era eso, pero decidió que era mejor no preguntar.
- Por favor, no empieces a hablar de gestión de empresas – Reagan gimió – Pongamos esta norma: No hablar de gestión de empresas en mí habitación.
- También es la habitación de Cather – dijo Levi.
- Cath – le corrigió Reagan.
- ¿Y cuando tú no estés aquí? – le preguntó a Reagan – ¿Podemos hablar de gestión de empresas si tú no estás en la habitación?
- Cuando yo no esté en la habitación… – dijo Reagan – Creo que tú vas a estar esperando en el pasillo.
Cath soltó una risita, desde detrás de Reagan. Después vio que Levi la estaba mirando, y paró.



En clase parecía que esto era lo que todos habían estado esperando durante toda la semana. Parecía que estuvieran esperando para un concierto. O el estreno a media noche de alguna película.
Cuando la profesora Piper entró, unos minutos tarde, la primera cosa en la que Cath se fijó fue que ella parecía más pequeña de lo que parecía en las fotos de las tapas de sus libros. Quizás esto era una tontería, después de todo, sólo eran fotos de cara. Pero la profesora Piper las llenaba completamente, con sus grandes pómulos; sus aguados y azules ojos; y una espectacular melena castaña.
En persona, el pelo de la profesora era igual de espectacular, aunque estaba un poco más canoso y despeinado. La profesora era muy bajita, tuvo que dar un pequeño salto para sentarse sobre su mesa.
- Y – dijo en vez de decir “hola” – bienvenidos a Escritura de Ficción. A algunos os conozco – ella sonrió a todas esas personas de la clase que no eran Cath.
Cath era claramente la única estudiante de primer año en la habitación. Estaba empezando a reconocer lo que diferenciaba a los de primer año, del resto de estudiantes. Las mochilas demasiado nuevas, el maquillaje de las chicas, las camisetas de marca de los chicos…
Todo lo que llevaba Cath, de sus nuevas Vans rojas a sus gafas moradas. Todos los de último curso llevaban Ray-Ban negras. Los profesores también. Si Cath tuviera unas Ray-Ban negras, probablemente podría pedir un Gin-tonic sin que le dijeran nada de la edad.
- Bueno – dijo la profesora Piper – Estoy feliz de que estéis todos aquí – su voz era cálida y tranquila, podrías decir que ronroneaba sin miedo a equivocarte, y hablaba tan suavemente que todo el mundo tenía que sentarse cerca para escucharla – Tenemos mucho que hacer este semestre – dijo ella – así que no perdamos más tiempo. Vamos al grano – ella se apoyó en el escritorio, aferrándose a él. – ¿Preparados? ¿Empezamos? – la mayoría de gente asintió. Cath miró a su libreta. – Está bien. Empecemos con una pregunta que, en realidad, no tiene respuesta. ¿Por qué escribimos? – Uno de los estudiantes más grandes decidió seguirle el rollo.
- Para expresarnos – dio como respuesta.
- Muy bien – dijo la profesora Piper – ¿Por eso escribes? – El chico asintió. – Muy bien. ¿Qué más?
- Porque nos gusta el sonido de nuestras voces – Dijo una chica. Llevaba el mismo peinado que Wren, pero incluso mejor. Parecía Mia Farrow en “La semilla del diablo”, aunque con unas Ray-Ban.
- Sí – la profesora Piper se rio. Qué risa más rara, pensó Cath. – Definitivamente, esa es la razón por la que escribo. No. Esa es la razón por la que soy profesora. – Todos rieron con ella – ¿Qué más?
¿Por qué escribo? Cath intentó responder la pregunta, sabiendo que no diría nada, aunque supiera la respuesta.
- Para explorar nuevos mundos – dijo alguien.
- Para explorar viejos mundos – dijo otra persona. La profesora estaba asintiendo casi todo el rato.
Para estar en otro sitio, pensó Cath.
- Y… – ronroneó la profesora Piper – ¿Para dar un sentido a nuestras vidas?
- Para liberarnos de los demás – dijo una chica.
Para liberarnos de nosotros.
- Para enseñar a la gente qué hay en nuestras mentes – dijo un chico que llevaba unos pantalones rojos ajustados.
- Suponiendo que alguien quiera saberlo – Añadió la profesora Piper. Todo el mundo rio.
- Para hacer reír a la gente.
- Para conseguir atención.
- Porque es lo único que sabemos hacer.
- Habla por ti – dijo la profesora – Yo sé tocar el piano. Pero seguid, me encanta esto. Me encanta.
- Para dejar de oír las voces en nuestras cabezas – dijo el chico delante de Cath. Su pelo negro venía de un punto oscuro en la parte trasera de su cuello.
Para parar, pensó Cath. Para parar y dejar de ser cualquier cosa, o de estar en absolutamente cualquier parte.
- Para dejar rastro – dijo Mira Farrow – para crear algo que dure más tiempo que nosotros.
- Reproducción asexual – habló de nuevo el chico frente a Cath.
Cath se imaginó a si misma con su ordenador. Ella intentaba escribir como se sentía escribir, qué pasaba cuando era bueno, cuando funcionaba, cuando las palabras salían de ella antes de que ella  supiera que iban a hacerlo, burbujeando fuera de su cabeza, como rimando, como rapeando. Como saltar a la comba, pensó ella saltando justo antes de que la cuerda golpee tus tobillos.
- Para compartir algo verdadero – dijo otra chica. Con otro par de Ray-Bans.
Cath sacudió su cabeza.
- ¿Por qué escribimos? – preguntó otra vez la profesora Piper. Cath bajo la mirada hacia su libreta.
Para desaparecer.