Semestre de
otoño, 2011.
Había un chico en su habitación.
Cath volvió a mirar el número pintado en la puerta, y
después otra vez al papel de la asignación de habitaciones, en su mano. Pound Hall, 913.
Esta era, sin duda alguna, la habitación 913, pero quizás
no estaba en Pound Hall. Todos esos edificios eran iguales, como las
residencias de ancianos. Quizás lo mejor sería intentar atrapar a su padre,
antes de que subiera el resto de cajas.
- Tú tienes que ser Cather – dijo el chico, sonriendo y
tendiéndole la mano.
- Cath – dijo ella, sintiendo el pánico saltar en su
estómago. Ella ignoró su mano. De todos modos, tenía una caja en las manos,
¿qué esperaba?
Esto era un error. Esto tenía que ser un error. Ella
sabía que en Pound Hall era un edificio mixto, pero... El chico cogió la caja
de sus manos, y la dejó sobre una cama vacía. La cama al otro lado de la
habitación ya estaba cubierta de cosas.
- ¿Tienes más cosas abajo? – preguntó el chico – Nosotros
acabamos de acabar. Creo que iremos a por unas hamburguesas, ¿quieres una? ¿Has
estado ya en Pear’s? Hay hamburguesas del tamaño de tu puño... – él la cogió
del brazo. Ella tragó. – Haz un puño – dijo. Cath le hizo caso – ¡Más grandes
que tu puño! – dijo el chico, soltando su brazo, y cogiendo la mochila que ella
había dejado fuera. – ¿Tienes más cajas? ¡Tienes que tener más cajas! ¿Tienes
hambre?
Él era alto, y delgado, y estaba moreno, y parecía que se
acabara de sacar un casco y su rubio pelo se hubiera quedado flotando en todas
direcciones. Cath miró al papel de la asignación otra vez. ¿Éste era Reagan?
- ¡Reagan! – dijo feliz el chico – ¡Mira, ya ha llegado
tu compañera de habitación!
Una chica rodeó a Cath en la puerta, y miró hacia atrás
con frialdad. Tenía el pelo liso y castaño, y tenía un cigarro apagado en su
boca. El chico lo cogió y lo puso en su boca.
- Reagan, Cather. Cather, Reagan. – él dijo.
- Cath – dijo Cath. Reagan asintió en su dirección, y
busco en sus bolsillos otro cigarro.
- He cogido esta cama – digo asintiendo en dirección al
montón de cajas que había sobre la otra cama – Pero da igual. Si tienes alguna
manía, siéntete libre de mover mis cosas – se giró hacia el chico – ¿listo? –
él se giró hacia Cath.
- ¿Vienes? – ella negó con su cabeza.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, se sentó en el
colchón que parecía ser el suyo, esa era la última de sus manías, y apoyó la
cabeza contra la pared de cemento. Necesitaba relajar sus nervios, coger la
ansiedad que parecía inmóvil detrás de sus ojos y el que parecía un segundo
corazón en su garganta, y devolverlo todo a su estómago, que es a donde
pertenecían, o donde ella podía, por lo menos, atarlo con un buen nudo, y hacer
como que no existen.
Su padre y Wren estarían aquí en cualquier momento, y
Cath no quería que ellos supieran que ella estaba a punto de llorar. Si Cath
lloraba, su padre lloraría también. Y si cualquiera de ellos lloraba, Wren diría
que ellos lo estaban haciendo a propósito, sólo para arruinar su perfecto
primer día en el campus. Su maravillosa nueva aventura.
Wren aún decía eso de “Acabarás agradeciéndome todo esto”. La primera vez que lo dijo fue
en Junio. Cath ya había mandado los formularios para los dormitorios, y, por
supuesto, ella había puesto a Wren como su compañera de habitación preferente,
sin pensárselo dos veces. Ellas dos habían sido compañeras de habitación
durante 18 años, ¿por qué dejar de serlo ahora?
- ¡Hemos compartido habitación durante 18 años! – dijo
Wren. Ella estaba sentada en el cabezal
de la cama de Cath, poniendo su trabajada cara de soy-la-más-madura-de-las-dos.
- ¡Y ha ido de maravilla! – Cath dijo haciendo un círculo
con su brazo, señalando la estantería de libros y los posters de Simon Snow, el
armario donde tenían sus ropas mezcladas, sin siquiera preocuparse por qué
cosas eran de quién. Cath estaba sentada a los pies de su cama, intentando no
parecer la-patética-que-siempre-llora.
- Esto es la universidad – Wren persistió – ¡Lo mejor de
la universidad es conocer a gente nueva!
- Lo mejor de tener una hermana gemela – dijo Cath – es
no tener que preocuparte sobre este tipo de cosas. Raros desconocidos que te
robarán los tampones y que olerán a vinagreta y que te tomarán fotos mientras
duermes… – Wren suspiró
- ¿De qué estás hablando? ¿Por qué alguien olería a
vinagreta?
- Como vinagre – dijo Cath – ¿Recuerdas cuando fuimos a
visitar las instalaciones, y la habitación de esa chica olía a comida italiana?
- No.
- Bueno, fue asqueroso.
- Es la universidad – dijo Wren exasperándose,
cubriéndose la cara con sus manos – se supone que tiene que ser una aventura –
dijo remarcando la última palabra.
- ¡Ya es una aventura! – Cath gateó hacia su hermana, y
le apartó las manos de la cara. – Sólo el prospecto era aterrador.
- Se supone que tenemos que conocer gente nueva – repitió
Wren.
- No necesito gente nueva.
- Eso demuestra cuánto necesitas gente nueva – Wren apretó
las manos de Cath – Cath, piensa en ello. Si hacemos esto juntas, la gente nos
tratará como si fuéramos la misma persona. Pasarán cuatro años antes de que
alguien pueda diferenciarnos.
- Sólo tienen que prestar atención – Cath tocó la
cicatriz en la mejilla de Wren, justo debajo del labio. (Fue un accidente de
trineo. Ellas tenían nueve años, y Wren estaba delante del trineo cuando
chocaron con un árbol. Cath se cayó de espaldas a la nieve.)
- Sabes que tengo razón – dijo Wren. Cath negó con su
cabeza.
- No lo sé.
- Cath…
- Por favor, no me hagas hacer esto sola.
- Nunca estarás sola – dijo Wren, suspirando otra vez –
Eso es lo jodido mejor de tener una hermana gemela.
Su padre dejó una caja de zapatos llena de libros sobre
la cama de Cath, mientras vagaba por Pound 193.
- Esto es bonito – dijo.
- No es bonito, papá – dijo Cath, parada rígidamente al
lado de la puerta. –, es como una habitación de hospital, pero más pequeña. ¡Y
sin televisión!
- Tienes una buena vista del campus – dijo su padre.
- La mía da a un parking – dijo Wren, mirando por la
ventana.
- ¿Cómo lo sabes? – Preguntó Cath.
- Google Earth.
Wren no podía esperar a que empezara todo esto, la
universidad. Ella y su compañera de habitación, Courtney, habían estado
hablando durante semanas. Courtney también era de Omaha. Ellas habían quedado
un par de veces, para comprar los objetos de decoración de la habitación. Cath
fue con ellas, e intentó no reírse cuando eligieron posters y lámparas de mesa
a conjunto.
El padre de Cath se alejó de la ventana, y rodeó a Cath
con un brazo.
- Vas a estar bien – dijo.
- Lo sé – asintió con la cabeza.
- Vale – dijo – Próxima parada: Schramm Hall. Segunda
parada: La pizzería. Tercera parada: Mi triste y vacío hogar.
- Pizza no. – dijo Wren – Lo siento, papá, Courtney y yo
vamos a la barbacoa de bienvenida – puso
sus ojos en Cath – Deberías venir.
- Pizza sí. – Dijo Cath, desafiante. Su padre sonrió.
- Tú hermana tiene razón, Cath. Deberías ir. Conocer a
gente nueva.
- Lo único que voy a estar haciendo durante los
siguientes nueve meses es conocer a gente nueva. Hoy elijo la pizza. – Dijo
Cath, y Wren puso los ojos en blanco.
- Está bien – dijo su padre, dando unos golpecitos en el
hombro de Cath – Próxima parada: Schramm Hall. ¿Señoritas? – abrió la puerta.
Cath no se movió de donde estaba.
- ¿Puedes pasar a recogerme cuando hayas dejado a Wren? –
Dijo Cath, mirando a su hermana – Quiero empezar a ordenar mis cosas. – Wren no
discutió, solo salió al pasillo.
- Nos vemos mañana – dijo, sin siquiera girarse para
mirar a Cath.
- Claro – dijo Cath.
Le sentaba bien, ordenar. Poner las sábanas en la cama, y
colocar sus libros nuevos y ridículamente caros en la estantería, encima de su
escritorio. Cuando su padre regresó, fueron juntos a Valentino’s. Toda la gente
con la que se cruzaban tenía aproximadamente la edad de Cath. Era horripilante.
- ¿Por qué son todos rubios? – preguntó Cath – ¿Y porque
son todos tan blancos? – su padre rió.
- Estás acostumbrada a vivir a barrio menos-blanco de Nebraska.
Su casa, en el sud de Omaha, estaba en un barrio
Mejicano. La de Cath era la única familia blanca de toda la manzana de casas.
- ¡Oh, dios! – dijo ella – ¿Crees que esta ciudad tiene
un puesto de tacos?
- Creo que vi un Chipotle – ella se quejó con un gemido –
¡Oh, venga! Chipotle te gusta.
- Da igual.
Cuando llegaron a Valentino’s, estaba lleno de
estudiantes. Unos cuantos, como Cath, habían venido con sus padres, pero no
demasiados.
- Es como en una película de ficción – dijo Cath – No hay
niños, no hay gente de más de 30 años… ¿Dónde está la gente mayor?
- En el Soylent Green. – Cath rio. – ¿Sabes? Yo no soy
viejo. Tengo 41. Los chicos del trabajo están empezando a tener hijos.
- Lo pensasteis bien. – dijo Cath – Quitarnos del camino
temprano. Ahora podrás traer chicas a casa, ¡no hay moros en la costa!
- Todas mis chicas… – dijo, mirando a su plato – Vosotras
sois las únicas chicas que me preocupan.
- Ugh. Papá, esto ha sido raro.
- Sabes a lo que me refiero. ¿Qué os pasa a tu hermana y
a ti? Nunca os habíais peleado así antes…
- Y ahora tampoco estamos peleando. – dijo Cath, cogiendo
un trozo de su pizza, y metiéndoselo en la boca – ¡Oh, mierda! – Cath escupió.
- ¿Qué pasa, te has quemado?
- No. Había escabeche en la pizza. Está bien. Me ha
pillado por sorpresa.
- Parece que estéis peleadas – dijo él. Cath se encogió de hombros. Ella y Wren
ni siquiera se hablaban, a parte de las peleas.
- Wren quiere más… Independencia.
- Es razonable. – él dijo.
Claro que lo es, pensó Cath, ser
razonable es la especialidad de Wren. Pero no le dio más importancia. Ella
no quería que su padre se preocupara de esto ahora. Ella podía decir, por sus
golpecitos en la mesa, que él estaba agotado. Demasiadas horas de padre-normal
seguidas.
- ¿Estás cansado? – preguntó ella. Él le sonrió,
disculpándose, y puso sus manos en su regazo.
- Hoy es un gran día. Un gran y difícil día. Quiero
decir, sabía que lo sería. – levantó una ceja – Las dos, el mismo día. Dios.
Aún no me puedo creer que no vayáis a volver a casa conmigo.
- No te acostumbres, no creo que aguante todo un semestre
aquí – Ella estaba bromeando, en parte. Y él lo sabía.
- Estarás bien, Cath – él puso su mano sobre la de ella,
y la apretó. – Y yo también, ¿vale? – Cath se permitió mirarle a los ojos por
un momento. El parecía cansado, y, sí, nervioso también. Pero lo estaba controlando.
- Aún quiero que te compres un perro – dijo ella.
- Me olvidaría de darle de comer.
- Quizás podríamos amaestrarle para que te diera de comer
a ti.
Cuando Cath llegó a su habitación, su compañera de
habitación, Reagan, aún no había vuelto. O quizás se había vuelto a ir, pero
sus cajas estaban igual que antes. Cath terminó de poner su ropa en el armario,
y abrió la caja de cosas personales que se había traído de casa.
Sacó una foto de Wren y ella, y la colgó en el corcho de
detrás del escritorio. Era el día de la graduación. Las dos llevaban ropas
rojas, y una sonrisa. Fue antes de que Wren se cortara el pelo…
Wren ni siquiera le había dicho a Cath que se lo cortaría.
Ella sólo llego a casa después de trabajar, al final del verano, con el pelo
corto. Le quedaba perfecto, lo que significaba que probablemente también le
quedaría perfecto a Cath. Pero Cath nunca podría hacerse este peinado, aunque
lograra conseguir el coraje suficiente para cortarse quince centímetros de
pelo. Ella no podía hacérselo, porque no podía copiar a su hermana.
Después, Cath sacó una foto de su pare, esa que siempre
estaba en el mueble de la entrada. Era una foto especialmente bonita, tomada en
el día de su boda. Él era joven, y sonreía, y llevaba un pequeño girasol en la
solapa de su americana. Cath la puso en la estantería que había encima del
escritorio.
Luego ella sacó una foto del baile de fin de curso, de
ella y de Abel. Cath llevaba un reluciente vestido verde., y Abel llevaba una
faja a juego. Era una buena foto de Cath, aunque su cara pareciera desnuda y
plana, sin las gafas. Y era una buena foto de Abel, aunque pareciera aburrido.
El siempre parecía un poco aburrido.
Cath ya debería de haber escrito a Abel, aunque sólo
fuera para decirle que lo había hecho, pero quiso esperar hasta que se sintiera
un poco más alegre y despreocupada. No puedes cambiar lo escrito. Si tú
escribes un mensaje estando enfadada o melancólica, sólo se queda ahí, en tu
teléfono, recordándote lo gilipollas que eres a veces.
Al final de la caja había los posters de Simon y Baz. Los
dejó en la cama con cuidado, unos cuantos eran originales, dibujados o pintados
por Cath. Tenía que elegir sus favoritos, no había espacio para todos en el
corcho, y Cath ya había decidido no colgar ninguno en la pared, donde Dios y
todo el mundo pudieran verlos.
Escogió tres. Uno de Simon levantando la espada de Mages;
uno de Baz sentado en un trono negro con colmillos; y uno de los dos juntos
caminando por un torbellino de hojas doradas, con sus bufandas volando en el viento.
Había unas cuantas cosas más en la caja, un ramo de
flores seco, una cinta que Wren le había regalado donde ponía “El club de los
platos limpios”, unos muñequitos conmemorativos de Simon y Baz que ella compró
por internet, de una web de coleccionistas…
Cath encontró sitio para
todo, después se sentó en la destartalada silla de madera que había frente al
escritorio. Si se sentaba ahí, dándole la espalda a las paredes vacías y a las
cajas de Reagan, casi es sentía como en casa. Casi.